sábado, 23 de noviembre de 2013

El balance del año

Estamos llegando a fines de noviembre. A un mes de tirar el año presente por la ventana y abrazar con fuerza apasionada al año entrante. Todas las bocas de la ciudad se llenan de preguntas: dónde piensan pasar la Navidad, cuánto cuesta el asado, a quién le toca recibir a la suegra que viene del Interior, cuántas botellas de vino hay que comprar además de las copas que trae consigo el tío Raúl cuando se embriaga…

Fuera de esta esfera de preguntas, el más meticuloso de la familia (alguna tía esotérica, algún hijo entusiasta) deja de preguntarse qué será de los perros cuando estallen los fuegos artificiales para preguntarse qué es lo que hicieron durante los últimos trescientos sesenta y cinco días.

Y aquí acuñamos el término BALANCE DEL AÑO: confeccionar una lista de todo lo que hicimos y todo lo que no hicimos a lo largo de estos doce meses. Inmortalizamos los buenos momentos en un discurso inútil y desdeñamos las desgracias que nos acontecieron en el calendario.

Si uno quisiera realizar un listado de las preguntas más frecuentes a la hora de hacer un balance, tal vez anotaría en un bloc de notas interrogantes como: ¿Qué es lo mejor que te pasó este año? o ¿Qué es lo que sacás de todo lo que sucedió este año?

Las calculadoras del alma y las balanzas de la memoria tratan de medir el volumen de las experiencias vividas para decir: ‘Sí, la verdad, que este año fue mejor que los anteriores’ o ‘Sí, no ha sido un mal año, después de todo’.

Si fue un buen año, sacarán a relucir fenómenos benignos como el nacimiento de un hijo, un ascenso en el trabajo, la compra de un automóvil o el origen de un noviazgo.

Si fue un mal año… Bueno, me abstengo de escribir ejemplos.

El punto es el siguiente: el planeta ha terminado de dar una vuelta alrededor del Sol y el mundo occidental se arroja a la expectativa de que el año que viene será un año mejor. Especulamos, proyectamos e idealizamos, como crueles inversionistas del tiempo en la bolsa de valores del Universo.

Mientras las copas rozan sus caras en el brindis, mientras los niños contemplan como desposeídos la ignición de los cohetes y el tío Raúl se derrumba en el suelo otra vez, una voz imaginaria osará preguntarme: ¿y? ¿tu balance del año?

A lo que responderé:

–No sabría decirte. No lo hice. No lo necesito. En todo caso, para mí, ha sido un año bueno y un año malo al mismo tiempo.

Porque es infructuoso pesar la vida como si fuera un pescado y determinar qué tan bondadoso es el reloj con nosotros, cuando a duras penas sabemos diferenciar ‘lo bueno’ de ‘lo malo’. No niego que he vivido buenas experiencias y que he protagonizado notables progresos en mi vida personal, así como fui marcado por rotundísimos fracasos. Simplemente, no necesito la ayuda de una balanza imaginaria para determinar que tan bueno es Dios conmigo, si empuño la certeza de que los tiempos venideros serán mejores, siempre y cuando mantenga el hilo de la libertad entre mis dedos.

Pensar en el tiempo es una pérdida de tiempo.

Sin embargo, hacer un balance entre lo bueno que nos pasó y lo malo que hubiésemos preferido no vivir, improvisar esta tediosa dialéctica, no es tan perjudicial como yo lo presento; es sano, alimenta nuevas expectativas y nos obliga a mirar nuestros errores pasados para aprender de ellos.

No voy a felicitarte si tomas una birome y un cuaderno para enumerar cada cosa que hiciste en estas cincuenta y dos semanas. Quiero que pienses antes de contestar la siguiente pregunta, que reflexiones, que levantes tu mirada, que sonrías la última sonrisa de este mortecino mes de noviembre antes de responder…


¿Qué cosas buenas y qué cosas malas has anotado en tu balance del año?

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