domingo, 24 de noviembre de 2013

El calor del pleno Infierno

Odio el calor, y todo lo que representa: sudor, sopor, sed, insolación, asfixia, insomnio en un cuarto vaporoso, poca ropa, veranos despreciables y sol carburador.

Ignoro lo atractivo que se le ve a las estaciones cálidas, cuando la exaltada temperatura te atraviesa a flor de piel y te convertís en un termo de carne que acumula grados centígrados a cada paso que da. La amplia mayoría rebate mi pesimismo climático: no hacen más que enrostrarme en la cara lo paradisíaco que puede ser una semana de estadía en Punta del Este, la textura grácil de la playa y la frescura del salado mar.

Mi familia y yo hemos vacacionado en Mar del Plata en una ocasión. Mientras que para el resto de mi estirpe fue aquella una grata semana, esta experiencia me convirtió en enemigo definitivo del verano.

De calores está hecho el Infierno, de fuego y de sofocantes hogueras.


Si me preguntan, prefiero el frío, la lluvia, la sobriedad de los climas. Y si fuera por mí, el Universo sería un sempiterno círculo de hielo; y, en vez de lidiar con las espumosas fragancias de una atmósfera estranguladora como anaconda tropical, me sumergiría en un mar de frazadas al compás de los relámpagos de una tormenta, con un buen libro y una taza de té bien azucarado, para deleitarme en la divina gracia del Invierno Eterno.

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