lunes, 25 de noviembre de 2013

El corazón del poeta viajero

Tengo un amigo al que se le ha reprochado escribir versos improvisados en el colectivo. Una barrera de respeto me impide mencionar aquí su nombre, pero espero halagarlo con estas miserables líneas.

Hay que tener una creatividad bien afilada para dibujar poemas en el vaivén de los autobuses. Es en la intimidad de la habitación, junto con la confidencialidad de la tinta o la monotonía de un teclado, donde se forjan las vías seguras de una buena historia. Escribir en el calor del público parece imposible; menos en una gran lata de sardinas que compacta almas humanas entre jirones de plástico, vidrio y metal.

En lo que a mi amigo se refiere, tengo la seguridad de que no es el único que bosqueja letras en el borde de un marchito papel. Así como podemos ver hermosas jóvenes con libros en las manos mientras la población del tren se dilata en una pérfida estación, hay espíritus con lápices invisibles que perpetúan sus propias novelas en el escritorio del corazón.

A duras penas puedo anotar un par de palabritas en el celular y amplificarlas en la parsimonia de mis reflexiones, a pesar del barullo articulado por el resto de los viajeros que me acompañan en el viaje. Empero, hay quienes en verdad honran a la poesía en movimiento. Ni el llanto de un bebé interrumpe el río de ideas que se desliza dentro de sus neuronas; al llegar a casa, perfeccionan y pulen el poema que nació junto a la ventana del transporte, mientras contemplaban a través del cristal la silueta de la ciudad despedazada por la velocidad.

No es que el colectivo nos infunda inspiración artística cuando, en la vida diaria, nos deja un mal sabor de boca si demora más de treinta minutos. El corazón del poeta viajero ya sube al lomo de la bestia con la sensibilidad en los bolsillos. Paga el boleto, toma un asiento y deja latir el alma silenciosa para cantar poesía con la boca cerrada. Son espíritus reflexivos, pasajeros de la vida misma, ocultos en la tediosa masa de carne que se mueve de una esquina a otra, de estación en estación, sobre rieles o calles. El que se abstrae por un instante de la amalgama de cuerpos que inundan todos los rincones del vagón, el que se entrega a la imaginación más allá del perro fastidio de viajar con el colectivo lleno, es un triunfador aún sin saberlo.

Es mi amigo un poeta reptante, un prestidigitador que escapa de la jaula de la rutina por un brevísimo segundo antes de bajar del vehículo y volver a casa. Es un ser creador que se escurre entre los barrotes de la cotidianeidad, como todos aquellos que han sabido dominar la pluma con la cual escriben el libro de sus vidas.


Estas nobles almas son los artistas, quienes al pisar la primera pulgada cuadrada de la calle no pueden evitar disfrazarse de gente común para disimular su genialidad y así poder vivir un día más en la tórrida Buenos Aires.

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