sábado, 30 de noviembre de 2013

La reducción del vocabulario

En el programa de televisión conducido por Guido Kaczka, un grupo de participantes observaba determinadas sombras de objetos y adivinaban los nombres de dichos entes. Las respuestas que proporcionaban los jugadores eran dignas de horror: en vez de decir ‘picaporte o ‘trompo’, replicaban oraciones tales como ‘la cosa ésa de la puerta’ o ‘el coso ése que gira’. El colmo de la cuestión: el conductor validaba algunas de estas frases sueltas. Menos mal que el gran premio no era más que un microondas. O ‘un aparato que calienta comida’, dependiendo de quién hable.

La reducción del vocabulario es uno de los mayores males de nuestra época. Mientras la industria editorial alcanza álgidos niveles de producción de libros y los periódicos desparraman diarios vespertinos a rabiar, el hombre recorta su presupuesto de palabras cada vez más. ¡Qué curiosa e infame contradicción!

No estoy diciendo que un hombre con errores gramaticales es un estúpido sin remedio. Estamos en una crisis lingüística importante, en la era de la depreciación de las palabras. Las pantallas de televisión, la intromisión de anglicanismos odiosos (‘este blackberry es re-top’), la supremacía de las publicidades de medio minuto de duración e incluso el abuso de jergas populares (‘¡eh, gato, alta llanta!’) son factores elementales en el juego de la Gran Depresión de la Lengua.

Hagamos una revisión concienzuda del lunfardo, el idioma de los arrabales, el lenguaje de los tangos. A pesar de sus marginales raíces, este vocablo subterráneo presenta una terminología rica e incomparable. El famosísimo Roberto Arlt, desdeñado por algunos poetas por sus humildes orígenes, estaba equipado con un verdadero arsenal de palabras y nos regaló sus mejores Aguafuertes con huesos de lunfardo, con ese inconfundible sabor a calle porteña.

Aclaro así que mi preocupación por el vocabulario no tiene que ver con practicar un lenguaje sofisticado como el que preconizaba Borges, sino con nuestra impotencia al encontrarnos con un ‘coso’ que no podemos describir con la ayuda de nuestro minúsculo diccionario mental.

Es más: seguramente, haya algunos párrafos de determinados libros que deben parecerte chino básico, ¿verdad?

Por esto, y por muchas razones más precisas y vastas que éstas, es necesario en nuestra vida diaria reivindicar la lectura, esta maravillosa capacidad humana que nutre nuestro espíritu y amplifica el campo de acción de la lengua.

Pues, ¿qué otras herramientas tenemos para expresar nuestra condición humana que el milagroso poder de las palabras? Es verdad que el arte no se reduce a la literatura: las musas de la pintura, la escultura y la música son otras deidades capaces de tocar la fibra sensible de los seres humanos. Empero, el lenguaje oral está al alcance de cualquier boca, es patrimonio humano y es nuestra simultánea costumbre.

     El conocimiento de las palabras nutre el intelecto y ensancha el umbral de la comprensión. Si somos incapaces de describir el mundo y todo lo que hay en él con nuestro propio lenguaje individual, estamos condenados a escuchar discursos sin entenderlos, seremos incapaces de formular preguntas y de comunicarnos entre nosotros. Como en 1984, de George Orwell, la reducción del lenguaje limitará toda forma de pensamiento. Y si somos incapaces de pensar, viviremos entre ‘cosos’ y ‘cosas’ por el resto de nuestras vidas, sin cuestionar nada, premiándonos con electrodomésticos por nuestra desgraciada ignorancia.

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