martes, 26 de noviembre de 2013

La sociedad tiene la culpa de todo

El día de ayer he tenido oportunidad de hablar con un chico que criticaba a ultranza la sociedad occidental y capitalista en la que vivimos. Según el discurso que discurrió en el furtivo diálogo, la juventud está perdida y la nación ha empeorado notoriamente. Sentí la necesidad de corregir algunos puntos, pero callé la boca. Soy demasiado perezoso para contradecir las palabras de otros. De la interesante disertación de este colega pude sacar una nebulosa conclusión: la sociedad tiene la culpa de todo.

Sometí a una severa reflexión todas las palabras que aquel muchacho acababa de pronunciar. A pesar del fervor de las sílabas, lo que decía no constituía ninguna novedad. En la escuela, en el trabajo, en la iglesia, en casa, en la calle, en el país, en el mundo, se oyen miles de voces que articulan la misma queja: la sociedad tiene la culpa de todo.

Los movimientos de izquierda critican a los gobiernos conservadores; los cristianos ortodoxos echan la carga sobre los paganos inmorales; la señora Estévez siente terror al ver a los hijos de la señora Sánchez sentados en la esquina extraviándose en laberintos de cocaína. Al enterarnos de un asesinato a sangre fría o un accidente trascendental, nuestras neuronas atormentadas disparan pensamientos de horror y echan culpa a la figura de autoridad inmediata: el gobierno, la sociedad y el género humano.

Si muere una mujer, es tu culpa; si se inunda la pampa deprimida, es tu culpa; si Dios no existe, es tu culpa; si lees esto es tu culpa.

No niego que la delincuencia es un mal que el Estado debe regular, que la drogadicción y el narcotráfico son asuntos pendientes para las naciones del orbe, que la juventud “descarriada” protagonice hechos de violencia y sangre…

Nuestras lamentaciones pueden ser verdaderas, pero nadie gana nada con la mera queja. Como Job, maldecimos el día en que nacimos y permanecemos de brazos cruzados mientras el mundo se desintegra día tras día bajo las ramas del tiempo. Albergamos la impertérrita necesidad de incurrir a un chivo expiatorio cuando el martillo del sufrimiento impacta en nuestras cabezas para hacernos razonar. No nos gusta nada lo que vemos, pero no movemos un dedo para cambiar la crudeza de nuestras realidades.

Mientras muchos se preguntan: ¿Por qué me pasa esto?

Otros se preguntan: Bien, tengo un problema, ¿qué puedo hacer para solucionarlo?

Ésta es la pregunta práctica que debemos pronunciar antes de que la tragedia se imponga sobre nuestros ánimos. Los amantes del discurso fácil ejercitan la creatividad para lobotomizar a la audiencia con sus palabras acusadoras. Las circunstancias en las que se encuentra la humanidad no son favorables: el calentamiento global, las armas de destrucción masiva, la propagación de numerosas enfermedades, los niveles de desigualdad económica, la magnificación de las guerras, la contaminación ambiental…

La superficie terrestre está llena de problemas que, de solo pensarlo, te obligan a considerar seriamente la posibilidad de un suicidio.

Los heraldos de aquellas lóbregas sentencias de muerte pueden tener razón: el planeta está inundado de problemáticas irresolubles. Empero, si tuviera que prestar oído a cada fatalidad habida y por haber, se me habrían agotado las ganas de vivir.

El mundo fue y será una porquería, ya lo sé… reza una canción famosa.

Pero no me pueden negar el derecho a tener una esperanza.

¿Es iluso creer que las cosas pueden cambiar?

Tal vez. Si me toca descender al Seol y tomar la escalera eléctrica al Edén, lo haré conservando por lo menos una promesa de luz en este saco del alma que es el corazón.

En cuanto al muchacho al que acabo de referirme en el primer párrafo, le concedo toda la respetuosa veracidad en las palabras dichas. Es una pena que no me sienta lo suficientemente pesimista para comprender el hilo de sus pensamientos, mucho más profundos que mis razonamientos cauterizados por una débil chispa de fe.

Tengo un defecto: no hablo mucho. Escribo mucho. Invento historias trágicas con personajes abatidos. Toda la melancolía que cargo en la sangre la desparramo en oraciones. Cuando hablo, procuro versar sobre asuntos alegres y cotidianos para no amargarle el desayuno a nadie; si me siento deprimido, cierro la boca y bajo la cabeza. No quiero asfixiar a las personas con desesperanza; quiero nutrir las esperanzas ajenas y ver el jardín de los sueños florecer con nenúfares y luciérnagas.

Sí, tenemos problemas, pero nada gano echándole la culpa a los demás. En todo caso, una pequeña palabra de aliento vale más que todas las voces negativas del cosmos.

¿Hay algo que no te gusta de este mundo? Llora primero y actúa después. Arremángate la camisa, ponte los guantes, aférrate a esta vaga ilusión y transfórmala en una realidad: es tiempo de tratar de cambiar el mundo y morir en el intento. No lograrás la paz mundial ni se evaporará la desigualdad social, pero transformar tu manera de ver el mundo es el primer paso hacia la verdadera revolución humana.


Si quieres un verdadero cambio, deja de abrir la boca para enumerar los defectos de tus enemigos y comienza a abrir las manos para levantar los sueños de tus amigos. Después de todo, constituye parte de la naturaleza del hombre el acto mecánico de sostener una humilde esperanza, aunque no nos conduzca más que a un callejón sin salida en el cual sabemos que lucharemos hasta el final de los tiempos.

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