viernes, 22 de noviembre de 2013

Microbiografía

Es difícil resumir veinte años de existencia en pocos párrafos. Haré el mejor esfuerzo posible.

Nací un día moribundo de octubre. Fui el primero de tres hijos. Mi hermana, dos años menor que yo, heredó el gusto por las artes visuales de mi madre, quien en su época de juventud fue una sigilosa pintora; de mi enérgico hermano, me basta decir que tiene un carácter tenaz y una notoria vivacidad, cualidades típicas de cualquier purrete porteño.

Fuera de los avatares que suelen patear las rutinas de una familia de clase media baja, puedo afirmar que tuve una feliz infancia. Mis días de niño florecieron en un suburbio tranquilo, a la sombra de casas pequeñas, calles de tierra y vivencias corrientes.

No pienso aburrirlos detallando exhaustivamente con mis miedos de la niñez, mi relación con mis compañeros de curso o desdibujando problemas familiares. A los imitadores de Dickens les será más fácil incurrir en el error de retratar cada molécula de tiempo perdido y llenar los renglones con frases poco pertinentes.

Lo que sí puedo decir es que he sido, y sigo siendo, un espíritu afectado por la timidez, lacerado por un carácter huraño y receloso. Esto no me impide conversar con otros seres humanos, por supuesto, pero no tengo el don de cosechar amistades con tanta facilidad.

No me gusta hablar de política, de deportes o de economía. Mucho menos de mujeres o de religiones. Nunca fui a una discoteca ni sorbí una sola gota de cerveza, jamás fumé un cigarrillo, y menos he estado cerca de las drogas. Acabo de cumplir veinte años. Estudio en la Facultad de Filosofía y Letras; trabajo los fines de semana en una pizzería como telefonista; asisto tres veces por día a una iglesia evangélica; una vez por semana asisto a un taller literario. Mi vida es demasiado sencilla para merecer una descripción tan grande. Atrapado en la apacible rutina de los días, derrocho mis tiempos de ocio en hondas lecturas. No necesito decir que la literatura constituye el mayor de mis placeres: me permito citar a Borges, a Cortázar, a Arlt, a Horacio Quiroga, a Stephen King, a Edgar Allan Poe, a Asimov, como mis influencias inmediatas.

Es en este punto del relato que decido cortar con la narración. Esta biografía condensada es una carta de presentación, no un tratado de mi personalidad. Porque, muy a pesar de las palabras, uno no puede conocer el todo de la persona. Y la única manera de conocerse es (¡cuán grande es esta paradoja!) precisamente a través de las palabras, que sobran pero no nos alcanzan.


De modo que tendrás que conformarte con estos míseros párrafos. Considérate afortunado. En la realidad, yo soy, más allá de las virtudes, un ser apático, ingenuo, huidizo, y muy, muy distraído.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario