martes, 24 de diciembre de 2013

Antibrindis navideño

No hay árbol de Navidad en casa ni adornos coloridos que lo sustituyan. ¿Será por los precios de los ornamentos o por ahorrarnos el mero desgano de armar una planta de plástico en una habitación calurosa?

No importa. Mayor prioridad tienen los perros del hogar, cuya tortura mayúscula serán los fuegos artificiales de la tempestuosa jornada.

La Navidad no me parece tan alegre. El índice de incredulidad de los párvulos ante el mito de un hombre de traje rojo que reparte obsequios a los niños de todo el hemisferio a bordo de un trineo arrastrado por renos voladores se ha acrecentado en los últimos años. La magia de esperar a Papá Noel es una ciencia perdida que junta telarañas en la repisa de tradiciones olvidadas.

Las calles de mi barrio se llenan de risas y aullidos. Sospecho que los hospitales especializados en quemaduras se armarán de valor en estas bulliciosas semanas para atender a una cantidad adicional de pacientes lacerados por el filo de la pirotecnia manipulada.

Es más: apuesto mi propia billetera (vacía, por supuesto) a que un hombre pierde el ojo izquierdo por un corchazo accidental. ¡Lo desafío, si quiere!

El verdadero dolor para los bolsillos no son los regalos envueltos en papel metalizado para los mocosos que tuvieron la caradurez de llevarse tres materias a diciembre y que se aprovechan de la blandura de carácter del padre para salirse con las suyas. Con lo que cuesta inundar la mesa de comida te habría alcanzado para comprar un tanque soviético con piloto incluido y manual de instrucciones.

Ni hablar del calor de la estival y casi tropical temporada de verano que nos asfixia de la noche a la mañana, sin tregua por los desgraciados porteños.

Si me acusa de antipático a raíz de estos párrafos aguafiestas, tiene toda la absoluta razón. Mi personalidad es una pieza que no encaja en el rompecabezas de las fiestas desenfadadas o las reuniones de amigos. Lo que no quiere decir que no tome una copa llena de sidra sin alcohol para brindar por un año más de penurias sufridas y alegrías vividas.

Olvídese de mi escepticismo y brindemos. Por los imprudentes que se queman los dedos con bengalas chinas y por los pobres que no tienen un mango siquiera para comprarse la estrellita de la punta del árbol de Navidad que no poseen. Por los ebrios de la noche que caminan con paso torcido por las avenidas solitarias y por los oligofrénicos adolescentes que revientan petardos al borde de la ignición humana, ejecutando un disparo a quemarropa a los tímpanos de los recién nacidos y los vulnerables cachorros de las residencias de Buenos Aires. Brindemos por la agónica dieta que tuviste que hacer para ponerte ese vestido horrendo color amarillo canario que te hace ver como un saco de limones agusanados y por el mantel de la mesa manchado con ese vino berreta que trajo el tío Hermenegildo del mercadito de la esquina.

Celebremos esta fiesta que ni siquiera pertenece a ninguna de las tradiciones sudamericanas y corramos como idiotas alrededor de la planta de naranjas en el patio trasero de la casa de la abuela, empuñando bengalas que parecen míseras chispas de fósforos mojados.

Ahora sí... Brindemos. ¡Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo! ¡Chin-chin!

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