jueves, 26 de diciembre de 2013

Después de Navidad

El cadáver caluroso de las fiestas se pudre en el pedestal de la rutina. De la exuberante mesa de bocadillos quedan vestigios de carne asada y platos sucios como conciencia de reo.

El sobrio amanecer nos sorprende con el estallido de unos cohetes tardíos que sobraron en el suministro personal de algún vecino que, asqueado de aburrimiento o ajeno a la idea de ahorrar petardos para el Año Nuevo, se dedica a inquietar un poco más las orejas de los perros aterrados por los fuegos artificiales que irradiaron su estruendoso brillo en el moribundo jolgorio.

El gusano de la resaca penetra la ternura de los intestinos y rueda nuestra cabeza sobre el trémulo filo del malestar más profundo. La mente emerge con recuerdos borros de la noche anterior; la sensación de incertidumbre es proporcional a la concentración de alcohol en la sangre, dependiendo de la cantidad de copas que nos hayamos llevado a la boca en las horas irrecuperables.

Evito, en mi caso, los placeres etílicos para deleitarme en el simple sabor de una gaseosa de naranja, reservando un trago de sidra para niños hacia el brindis final.

El consumismo compulsivo de la temporada navideña, a pesar de la elemental tendencia inflacionaria que caracteriza a nuestro buen país, no nos azora con demasía. La heladera llena de sobras mustias nos da abasto para las cenas venideras.

El mundo recupera el ritmo de la costumbre. Hacia enero, cuando agotemos la figura de los Reyes Magos, todo volverá a la normalidad.

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