domingo, 1 de diciembre de 2013

El oportunista (I)

Quiero comenzar el último mes del año con el pie izquierdo y hablar de los oportunistas de la vida. Echaré mano de todas las técnicas literarias que dispongo en mi caja de herramientas personal para defenestrar a esta porción de género humano. Entiéndase oportunista, no como aquel que tiene buen ojo para sacar jugo de ciertas eventualidades excepcionales a su favor, sino como el fisgón impertinente que ultraja las columnas de la intimidad para satisfacer algún provecho propio.

El oportunista no deja pasar ocasión para hincar el diente en la bandeja de los placeres fortuitos cuando los ojos de la decencia se desvían hacia otras mesas del destino. La Tierra es un restaurante donde los pobres a duras penas pueden pagar un mendrugo de pan y los más sagaces se dan un atracón sin pagar la cuenta. Siento la creativa tentación de ampliar esta analogía a extremos alegóricos, pero mis palabras están puestas hoy en los gatos miserables que inspeccionan la basura en las callejuelas de los sueños desechados.

Los oportunistas aúnan sin culpa ignominiosas profesiones: explotadores de la buena voluntad de los espíritus bondadosos, hipócritas que encubren sus propósitos bajo una fachada de falsa luz, ingeniosos hacedores de falacias enrevesadas que estafan a los seres sensibles. Oferentes de un carisma bien ejercitado, han aprendido a dominar el arte de la obsecuencia para socavar la piel del carácter y penetrar en las cálidas vísceras de la intimidad. En esto son semejantes al gusano: es capaz el corrupto invertebrado de recorrer toda superficie con tal de llegar al núcleo de un organismo en el apogeo de su putrefacción para, en las horas postreras, ejercer su famélica hegemonía sobre los tejidos descompuestos.

La sociedad es una prometedora caja de manzanas podridas para estos masticadores de desgracias. Los corazones generosos y las señoritas ingenuas suelen ser sus golosinas predilectas.

Afirmar que la mayoría de los hombres comparten esta impertérrita tendencia a manipular personas como si fueran objetos exánimes sería incurrir en una falacia severa. Pero debemos admitir que para diferenciar a un buen samaritano de un entrenado falsificador es necesario el perfeccionamiento de la ciencia de la observación. Con el rabillo del ojo y haciéndonos los tontos para no levantar sospechas, contemplamos en los intersticios de nuestro alrededor el avance de lobos vestidos de corderos que procuran clavar sus colmillo en la ternura de las lágrimas de una muchacha o en los bolsillos de un allegado adinerado.

Mucho me temo que considero imposible descubrir a estos especímenes escurridizos en acción. Pasan desapercibos de tal manera que con elogiable habilidad se disfrazan de valiosos camaradas. Cuando se revelan sus reales intenciones, suele ser demasiado tarde. La chica que rompió con su pretérito novio sucumbe ante los encantos de aquel que le convidó un hombre para prolongar el llanto y el pariente prestamista pierde hasta el último centavo en un instante de solidaridad.

Quienes dan la mano pierden el codo, se retuercen con el muñón ensangrentado en la cubierta de sus barcos mientras ven como los malévolos cocodrilos, cuyas lagrimitas artificiales lograron estremecerles la humanidad, se dan un repulsivo festín con el miembro amputado.

¿Qué artimañas arguyen estos estafadores para subyugar las voluntades de sus víctimas? ¿Tal es el grado de elocuencia de estas bestias persuasivas para violar las bóvedas del alma sin disparar un solo tiro?

Estrategas y tahúres innatos, antes incluso de pronunciar la sílaba primera del chamuyo fatal, consolidan en sus cráneos el armazón de un plan preconcebido. Se aproximan las fieras sigilosas al campamento de las emociones, calculando cada paso y midiendo la regularidad de nuestros ánimos. Como el agricultor que aguarda la lluvia tardía para celebrar el producto final de la cosecha, así es el oportunista que observa la mirada de la secretaria del estudio jurídico del señor López, ansiando con paciencia ver en sus pupilas el amargo aguacero de una reyerta matutina con su contemporáneo cónyuge.

Cuando el objeto de las maquinaciones de estos especuladores compulsivos baja la guardia, la batalla silenciosa está perdida. Se rinden con facilidad ante los arcabuces de estos impiadosos conquistadores en un breve lapso de flaqueza espiritual; presas de una abnegación nada auténtica, les entregan todo, hasta la virginidad y la esperanza. Los oportunistas despedazan los restos de los sentimientos fracturados, se reparten el botín y se van.

A las pobres víctimas del engaño no les queda más que sus propias manos vacías y el perro acto de llorar hasta el cansancio en una habitación cerrada para descubrirse a sí mismas en las ruinas tenebrosas de la desilusión.

A esta altura del relato dejo quebrada la narración. Mientras aguarda la segunda parte de esta maltrecha crítica, hágame el favor de entregarse a la reflexión para transmutar la espera en una hora de meditación. Imagine a una divina mujer en cualquier rincón del mundo llorando por un varón que se aprovechó de su vulnerabilidad; dilucide a aquel desgraciado que, defraudado por un compatriota que se hacía llamar ‘su’ amigo, lidia con una herida incurable en el pecho que le raja la respiración y el pensamiento. Deje que su razón ruede sobre los vicios y las traiciones de la historia, someta cada funesto episodio de su vida social a una crítica exhaustiva pero breve, y verá como, en algunos recodos, se vislumbra la caliginosa silueta del oportunista.

Aquí le dejo pensando. Nos veremos mañana, lectora o lector, a la vuelta de la esquina.

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