viernes, 20 de diciembre de 2013

Esclavos de la electricidad

Cuando te cortan la luz, te rompen las piernas.

Es altamente probable que usted, estimadísimo lector, ocupe generosas porciones de su tiempo en vicios tales como Internet, videojuegos o televisión. La privación de esta grácil forma de energía nos veda del ocio electrónico; a lo sumo, rayaremos el síndrome de abstinencia tecnológica durante un buen, buen rato.

Esto no es lo preocupante, aunque los dedos te tiemblen después de soltar el teclado de la computadora.

Que se interrumpa la cadena de frío, que no funcionen los ventiladores o que el cargador de tu teléfono celular se convierta en un rectángulo negro tan inútil como un timbre en el cementerio coronan el repertorio de prioridades urgentes de ahora en adelante.

Mientras encienden velas o contemplan las límpidas estrellas en la bóveda celeste de este vago mundo, uno aprende a tomar conciencia de nuestra excesiva dependencia por el suministro eléctrico.

¡Qué prodigiosa ironía!

Una sociedad libre hecha de esclavos. Esclavos de la electricidad. Sabuesos que, ante la inmovilidad de un lavarropas o un secador, aúllan en la oscuridad por el amo perdido, entregándose a una momentánea y bestial resignación.

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