domingo, 22 de diciembre de 2013

¡Hace mucho calor!

Una nueva temporada de calores exasperantes ha comenzado a ejercer su insoportable influencia sobre la faz de Buenos Aires. La delgada indumentaria de los porteños es pintoresco reflejo de los grados centígrados que nos carcomen día a día la piel en el ejercicio de nuestras fútiles obligaciones. Las hijas de la ciudad no dudan en andar por la vía pública en paños menores, suscitando excitaciones en el ojo de los transeúntes y enardeciendo la frecuencia cardíaca de la subespecie humana conocida como los ‘viejos verdes’, de los cuales tendré tiempo de ocuparme en otra ocasión.

Los jóvenes vigorosos exhiben sus diáfanos pectorales, los niños deambulan por las esquinas con sus gorros coloridos y los colectivos se transforman en píldoras de calor con la mitad de los habitantes de la Capital Federal comprimida en su panza de hierro.

No sé que le ven de atractivo al diabólico verano ni qué clase de ingeniosas artimañas ha empleado esta malévola estación para engañar al humano pueblo con su perfume de fuego.

Será pura eventualidad que el calendario gregoriano reparta los períodos de receso de los trabajadores precisamente entre diciembre y febrero, época en la que los termómetros se suicidan en este rincón inflamado del hemisferio Sur y los meteorólogos se ganan el indiscutible de la nación en cada error de pronóstico. Será la inclinación de la esfera terrestre y la posición geográfica de mi tierra natal en complicidad con las consecuencias del efecto invernadero acompañado por el cambio climático que amenaza con entorpecer la continuidad de la existencia humana…

Estoy delirando. Será, simplemente, que le tengo bronca al verano. Sea como sea, hasta que no experimente la sobriedad del invierno, alzaré la voz en el patio trasero de mi casa y elevaré mis brazos hacia el firmamento en señal de protesta para gritar mi perenne queja: ¡Hace mucho calor!

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