miércoles, 4 de diciembre de 2013

Ser no-famoso no cuesta nada

Doy un breve vistazo a mi cuenta de blog y me asusto. En primer lugar, por la X cantidad de veces que mi página ha sido vista. En segundo lugar, porque entre los conjeturales lectores de mis publicaciones figuran supuestos cibernautas que se encuentran en Estados Unidos, Alaska, Malasia o Alemania.

¿No será información falsa? ¿O será que los navegadores de otros países solo vieron que esta página estaba disponible, pasaron y se fueron sin haber leído un comino? Prefiero esta segunda opción, para ahorrarme la fatiga de razonar otras posibilidades.

Yo, miserable y neurótico argentino adolescente de clase media baja, jamás he aspirado a que me lean personalidades de otras naciones. Ni siquiera he escrito un libro. Jamás tuve aspiraciones de grandeza. Tan acostumbrado estoy a los fracasos pequeños que el éxito, en cualquiera de sus formas, me asusta. Celebro la bien merecida prosperidad de mi prójimo, pero celebro más aún mis propias derrotas.

Si bien dudo mucho que mi propia computadora me engañe, esta es una buena ocasión para fantasear con que yo me convierto en escritor reconocido. Imagínese, nomás, que un chico introvertido y enemigo de las cámaras fotográficas se transforme de la noche a la mañana en una celebridad artística por haber escrito una novela de aventuras que no demoró en imponerse como best seller por sobre otros libros. Por supuesto, es algo improbable, por no decir imposible, pero piénselo. Escapemos un ratito del jardín de la realidad.

Imagínese que obtengo grandes ingresos para ascender de posición, la camaradería de una empresa editorial, las palmadas de mi comunidad nativa, el agrado de la crítica contemporánea. Todo muy lindo y muy pintoresco. Pero, si mal no recuerdo, no todo es pompa y alegría, según un poema.

Seguramente no seré famoso en mil vidas, pero si lo fuera, ¡ay de mí, que maldeciría mi nacimiento al treinta, al sesenta y al ciento por uno!

Porque a las estrellas del firmamento las arrancan de su pacífico cielo y las enjaulan en popularidad para obligarlas a desfilar en la pasarela de cristal de los televisores. De pronto se ven atrapadas en un mullido sillón de un programa de entrevistas y se ven forzadas a responder preguntas de las cuales no tienen una mísera idea de qué replicar. Millones de ojos clavados en la vida del héroe dibujado que ascendió de la nada al todo de los medios masivos de comunicación…

Ejem… ¿Saben qué? Prefiero ser un no-famoso. Mejor escribir un par de artículos desconocidos para mi blog e ilusionarme con tener mi quinteto de lectores en Alaska o Malasia. Después de todo, jamás voy a repartir autógrafos ni participar de eventos de caridad con una sonrisa falsa en la cara.

Después de todo, ser no-famoso no cuesta nada.

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