lunes, 20 de enero de 2014

Complejo de inferioridad

A nivel puramente artístico, me intimidan los escritores contemporáneos cuyo vocabulario frondoso honra a la literatura en su máxima expresión. No es odio o envidia. Es, más bien, un complejo de inferioridad que crece  a medida que leo las páginas del otro.

Admito que no soy un poeta experimentado. A mis espaldas se perpetúa una larga lista de cuentistas anónimos y nobles tejedores de versos. Imponerme en las librerías nacionales como una gran promesa de la literatura argentina no comprende una de mis metas vitales. Tener esto en la cabeza me quita presión a la hora de escribir.

No quiero devanarme los sesos aspirando a ser el nuevo Jorge Luis Borges del nuevo milenio. Borges, hay uno solo; y, además, existen innumerables talentos que reptan por las vastas calles de Buenos Aires. Tal vez uno de ellos tendrá la fortuna de ver el sueño de escritor en consumada y perfecta realización.


Yo, en la soledad del patio trasero de mi casa o acariciando el sabor de una lluvia eventual, soy feliz. La escritura silenciosa, lejos de las polémicas y los derechos de autor, es otro de los idiomas de la felicidad.

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