viernes, 17 de enero de 2014

El arte de la exageración

La exageración es un defecto o una virtud. Depende de cómo la usemos. La regla general dictamina que el hombre, al ser exagerado, tiende a magnificar lo insignificante en los momentos menos apropiados. El ser humano es el único animal que se ahoga con una gota de agua o se pierde en un bosque de un solo árbol. Hay que admitirlo, somos criaturas neuróticas e incomprensibles.

Sin embargo, la exageración, en determinados contextos, adquiere un peso sublime. Más especialmente en el arte, donde la perversión de la percepción es admisible y hasta necesaria para llevar a cabo una empresa poética.

El teatro del absurdo, el texto satírico y la narrativa infantil se nutren de las exageraciones. Existen obras literarias donde se recurre a la distorsión de la imagen de forma compulsiva e indiscriminada; otras, aferrándose al humor refinado, honran plenamente el género que propugnan.

Un requisito indispensable para el escritor romántico es la exaltación del ánimo. El artista no puede ser objetivo; a diferencia del científico, él es enemigo por excelencia de la objetividad. La hipérbole es una de las herramientas que tiene el poeta del alma para imponer la subjetividad sobre la frialdad de los espectadores escépticos.


Sea en el escenario, en el papel o en el lienzo, la exageración es una necesidad y un derecho; un derecho que, como tal, debe ser bien empleado en la dosis justa para lograr una pieza artística inolvidable.

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