jueves, 16 de enero de 2014

El Evangelio según Julián

Durante seis años he asistido a las reuniones de una iglesia evangélica. No se precipite el lector a pensar en mí como un fundamentalista religioso. El fanatismo desmedido, bajo la bandera de cualquier dogma, es uno de los males más nocivos que pueden tener las sociedades humanas. Yo, al menos, soy plenamente consciente de ello.

Casi no había pisado un solo templo desde que nací hasta poco antes de cumplir los quince. El nombre de Dios brillaba por su ausencia en mi diccionario de palabras aprendidas. No puedo considerarme ateo o agnóstico en esta etapa de mi vida. No discurría ninguna deidad a la cual oponerme.

Omitiré los detalles de mi conversión. Alcanza con saber que tropecé, o decidí tropezar, con la fe de Jesús.

El creyente que lea estos párrafos  esperará a que arroje una frase tal como: ‘Entonces, acepté a Cristo en mi corazón, fui restaurado y ahora estoy siendo prosperado’.

Puedo afirmar que esto es así, pero sería confesar una verdad incompleta, una realidad a medias. Escribir de esta manera sería promover el optimismo motivacional casi al estilo de Claudio María Domínguez, ponderar las Sagradas Escrituras como un mero libro de auto-ayuda y no como un documento histórico que refleja la cosmovisión única de la cultura judeocristiana.

(El libro que cargamos los cristianos en la mano no es ni por asomo una aproximación fiel a los manuscritos originales; empero, la debilidad de las traducciones será controversia para análisis posteriores.)

Creer en Dios no se trata ni por asomo de caminar por la calle vestido con un traje sobrio ni atraer multitudes a un estadio recién construido. Ni siquiera se trata de sanar enfermos, echar fuera demonios o resucitar muertos, auténticos prodigios cuya mención provoca risotadas entre los escépticos. No es cuestión de ministerios prestigiosos o bandas musicales. Menos con recitar el primer versículo del libro de Génesis y arrastrar la memoria hasta el punto final del Apocalipsis.

Creer en Dios es comprender la posibilidad de una dimensión que excede lo tangible. Es decir, creer que, realmente, hay hilos invisibles en el entramado del mundo. Tal vez este argumento no le parezca muy convincente cuando todas las religiones conocidas, con teologías diferentes, preconizan lo mismo.

Prescindiremos de una investigación exhaustiva de todos los dogmas habidos y por haber. No soy un teólogo.

Continúo.

Lo que me conmovió de la fe que ahora profeso no fueron las promesas de una vida mejor, sino el asesinato a sangre fría del Mesías. El corazón de la sana doctrina, los ritos y las liturgias de la cristiandad, giran en torno a una ejecución pública. Me estremecí al pensar que inclinamos la cabeza para agradecer el derramamiento de sangre del Cordero, el chivo expiatorio de la oscura humanidad. Las palabras de los profetas mayores anticipan que el Hijo de Dios eligió por propia voluntad caminar hacia el matadero. Saber que Jesús murió porque quiso morir no modifica mi punto de vista.

Jesús no murió; lo mataron. Y yo soy un testigo indirecto de su muerte.

No se trata, pues, del Verbo hecho carne enviado al mundo para la redención última; se trata de una persona que murió por ‘mis’ pecados. Ahora, intentaré abordar de la forma más sincera esta rama de pensamientos que se me escapa de las manos.

Después del descubrimiento del cristianismo, de mi conversión fortuita, mi renacimiento espiritual, la rauda pero comprometedora lectura de una Biblia nueva, rechacé abrazar el mensaje tradicional de ‘Dios prosperará tu vida’ y nada más. Anhelé acariciar las verdades ocultas del sacrificio y la cruz. Mientras el resto de los parroquianos veía en mí al hijo de la recién convertida, yo, en silencio, contemplaba el ascenso y la ramificación de mis penumbrosas ideas.

A mi corta edad razoné que yo, el más insignificante de los mortales, fui el motivo de la muerte de Cristo. Yo fui el culpable de su inmediata crucifixión. No mis padres, no mis hermanos, no los otros. Yo. Me imaginé a mí mismo en los ojos de Jesús de Nazaret, quien, en las sombras de Getsemaní, se debatía entre el deber suicida y la agónica renuncia al destino. A través de los Evangelios lo vi morir una y otra vez. La famosa película de Mel Gibson vindicaba y alimentaba mis culposas fantasías.

Tardaría cinco años en conocer la filosofía de Nietzsche, pero, en estos años, una idea se ha mantenido inamovible en mis razonamientos teológicos. La idea de que yo, un chico común y corriente de Sudamérica, era realmente el asesino de Dios.

Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres’ sentencia Borges, en un relato de Artificios. Mi íntima filosofía es análoga a este pensamiento: yo soy el agente de la Inquisición que envía a las mujeres a la hoguera; yo soy el conquistador español que arrasa con las culturas precolombinas con el latido del plomo y del caballo; yo soy el sacerdote acusado de cruda violación en un convento sin nombre; yo soy el falso profeta que se llena las arcas de ajeno dinero; yo soy la conspiración de los fariseos y la perversión de los gnósticos.

Pienso que mis lecturas paralelas a la Biblia me brindan una interpretación más profunda del amor de Dios. Aunque se trate de la misma Deidad, la manera de creer varía entre hombre y hombre. Esta es mi forma de creer; imploro a la Divinidad que respete mi individualidad.

Sin cometer delitos y sin quebrantar las leyes de mi patria me reconocí como pecador en el instante en que reconocí lo sagrado. Una rata de biblioteca que no tenía casi nada de qué arrepentirse; tal vez, el esporádico hábito de mirar pornografía con un ojo cerrado, o el cínico vicio de envidiar y aborrecer a otros chicos de mi edad por exhibir un carisma que yo no tenía. Errores que cometí más por ingenuidad que por los influjos de la maldad.

El hábito de concurrir a los servicios religiosos no supuso para mí ninguna lobotomía o lavado cerebral. Me mostraba tímido y cerrado, pero estos son adjetivos que de por sí me han caracterizado siempre a la vista de los otros.

Hoy comprendo que no soy el asesino de nadie. Que una vida con remordimientos y furias es una vida imposible. Jesús no predicó un mensaje de culpas, de crimen y castigo. Transmitió un mensaje de amor. Un Evangelio que hoy, más que un dogma, es una deuda pendiente entre la humanidad y el deber.

Relean el párrafo anterior. “Hoy comprendo…” el Evangelio. No basta con saberlo. Hay que comprenderlo. No con el cerebro; con el corazón. Y aplicarlo no sólo a los cristianos, sino también a todos. Amar al que cree y al que no cree; respetar al que lee y al que no lee; alimentar las virtudes públicas y disolver los vicios privados; no juzgar a los otros por sus “pecados”, ni someter a la crítica sin fundamento todas las cosas del Universo.

Sin acusar a nadie de blasfemia me he ganado la confianza de amigos de incalculable valor. Dios me está enseñando a dar muerte a mis propios fantasmas. Y sigo luchando contra mis defectos personales. Por lo demás, queridos lectores, no soy quien para decirle que crea o no crea en una deidad determinada.

La fe es un asunto personal. Y con esta frase, cierra este Evangelio. El Evangelio según Julián.

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