domingo, 26 de enero de 2014

El libro del hada sin nombre

Dios sabe que la naturaleza del lector es uno de los objetos de estudio que más movilizan mi curioso intelecto. La versatilidad corporal del amante de los libros para adaptarse a la incomodidad de los ambientes públicos es admirable. Fácil es creer que se puede leer en cualquier parte. Incluso, en la vía pública.

Cito una urbana visión de día miércoles para justificar un ejemplo.

El colectivo, la torre horizontal de metal rodante que acostumbro montar para arrastrarme a largas distancias, penetraba por una avenida tibia de automóviles. En las vicisitudes geográficas de Floresta, aprovechando el resplandor carmesí de un semáforo, asomé la cara por la ventana abierta. El interior de la bestia cuadrúpeda que reptaba hacia Primera Junta, a pesar de la exigua cantidad de pasajeros, presentaba una atmósfera sofocante.

Cuando mis pupilas brincaron hacia el pavimento, chocaron con las multitudes imperturbables de la ciudad. Viajeros peatonales sin más propósito que migrar de un sitio a otro, planetas de carne enjaulados en las órbitas de cronogramas individuales. En la nebulosa de constelaciones de cabezas que rebotaban sobre el filo caliente de la acera, distinguí la aurea cabellera de una señorita sin nombre.

Vi el rostro colorido, ovalado y casi germánico; la musculosa blanca, los pantalones negros. Las sobrias chancletas en los pies de porcelana. Las piernas flexionadas sostenían el cuerpo de un libro sin título. Mi imaginación rellena el hueco de los ojos femeninos de un color boreal: un iris irreal que oscila entre un agudo azul y un verde ácido.

Era un hada imperfecta con sed de palabras. Un manantial secreto de curiosidad. Bajo el cartel de una tienda de bicicletas, se desdibujaba esta anónima visión.

Desde mi tórrido asiento estiré la mirada para contemplarla con inútil admiración. Me interrogué a mí mismo acerca de la naturaleza y el género del tomo atrapado en los dedos de la efímera mujer.

En vehículo retomó la marcha al extinguirse la estrella roja del semáforo. Por enésima vez, sin ojear otro reloj que la pantalla del teléfono móvil, supe que llegaría temprano a mi destino. Descendí unas cuadras previas y desfilé lentamente delante de los escaparates de farmacias y jugueterías, con repentinas ganas de volver al lugar de los hechos y preguntar a la señorita desconocida qué era lo que estaba leyendo.

Esto, por supuesto, corresponde a la especulación y a la fantasía.

Mientras tanto, en algún lugar del tiempo, el libro del hada sin nombre se cerraba para siempre en las sombras de Floresta.

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