viernes, 24 de enero de 2014

El tango de Teseo

La mitología de los arrabales privilegia al compadrito como el minotauro y el simultáneo Teseo de Buenos Aires. Ni enteramente héroe, ni enteramente villano; ni aún el neologismo de antihéroe describe la plenitud de la descorazonada naturaleza del sombrío orillero.

Inquietud no menor suscita la admiración de los porteños ante el hábil manejador de cuchillos. Una veneración popular que se remonta a las épocas de fraude electoral, donde los tiranos disfrazábanse de próceres para erigir regímenes dispares en una República consagrada como el granero del mundo y habitada, sin embargo, por famélicos proletariados extranjeros con ansias de vida digna.

Fue el crepúsculo del gaucho y el amanecer del hombre urbano; la inmigración desmedida y el lunfardo maltrecho; la desesperación del pobre y la oligárquica reprobación.

Las rojas agujas de la historia tejían el entramado de una patria fresca; el compadrito, lejos de ser un hilo fugitivo, fue un signo estampado en la cara visible de esta cortina de años agotados de incertidumbre.

El compadrito, sin mayores armas que la sanguínea virilidad y la frialdad de una navaja eventual, se hundía cada dos por tres en las penumbras de un periódico laberinto. El arrabal, sin embargo, jamás le ha parecido una geografía desconocida. Cada zaguán, cada patio de tierra, cada esquina, carecía del encanto del misterio a los ojos del varón pendenciero. Los barrios de Capital Federal destilaban, y siguen destilando, elemental calidez.

Para el hombre despechado no hay laberinto más inextricable que el amor. La tristeza ocupa el rol de minotauro cuya inaccesible muerte acabaría con las sombras minoicas. El compadrito se repliega, se desdibuja, se desfragmenta: por más que lo vean en una reyerta callejera, cuchillo en mano, no lucha jamás con el otro. En realidad, lucha consigo mismo: el espíritu sediento de ternura contra el hombre derrumbado por el peso de la soledad.

Un laberinto dentro de un laberinto. La devoción de Borges y la envidia de Dédalo.


En el tango de Teseo no hay Ariadna visible. Tampoco hay tributos adolescentes ni demiurgos terribles. El  héroe está solo y combate contra sí mismo en un túnel sin paredes.

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