martes, 28 de enero de 2014

El vendedor de cuchillos

Hago tenebrosa memoria de un personaje al que vi solo en dos o tres ocasiones en el interior de los grises vagones del ferrocarril de la línea Sarmiento. Aquel hombre, en cierto modo, fue muchos hombres. Compartió los defectos de todos los mortales: el aire temerario y la indiferencia al tiempo y a la muerte. A pesar de estas irrevocables limitaciones de espíritu, no había ningún signo de misterio o de metafísica en el rostro sereno, atravesado de costumbres. Tratábase de un vendedor ambulante. No ofrecía biromes, galletas o encendedores. Era un vendedor de cuchillos.

Rememoro con pavor la enérgica entrada del comerciante; las navajas, enfrascadas en fundas de plástico chillón, destilaban resplandores mortecinos a la luz del sol. La nariz inhalaba estruendosamente y la boca irradiaba por enésima vez el discurso de la venta. La voz precisa y nasal habitaba el hueco de sonidos cavado por el mutismo general de los pasajeros: algunos se percataron de la peligrosa naturaleza del producto; otros, abofeteados por las manos de la indiferencia, persistían en el hábito de dormitar u orientar la cabeza hacia la ventana.

Mi corazón reventó como un petardo cuando vi cómo el abominable manipulador de puñales tomó una de las navajas y la desenfundó. El filo desnudo perforó el cristal de la tranquilidad. Si el objetivo de aquel era el de llamar la atención, lo había logrado a costa de la gris parsimonia que impera en los largos viajes ferroviarios.

Oí unas palabras se me antojaron ridículas. La sonora voz del comerciante expresó que lo acontecería a continuación no correspondía a un acto de vandalismo o destrucción de la propiedad pública. Con el terror que afectaba la circulación sanguínea de mis tímpanos, me maravilló haber podido escucharlo. El hombre estrelló el dorso del delgado cuchillo contra una baranda de hierro sucio. Los feroces tintineos me rayaron el ánimo, pequeñas campanadas de muerte.

El vendedor comenzó a caminar, golpeando cada maldito fierro con el instrumento mortífero que pretendía ser un simple utensilio de cocina. La resistencia del acero inoxidable estaba comprobada; empero, el comerciante, hundido en el laberinto de la persistencia, desparramaba sobre las orejas de los infortunados viajeros las onomatopeyas de la imprudencia más deliberada.

Clink, clink, clink.

Mi cuerpo se tensaba como una soga en el cuello de un condenado. Las pulsaciones resbalaron por la pendiente del vértigo. El repartidor de tintineos  pasó junto a mí. El tren danzaba suavemente, así me pareció, sobre las tórridas vías. La velocidad de la sangre en mi temblorosa mandíbula disminuyó. Recobré el sentido de la realidad. Hacia la próxima estación, el vendedor de cuchillos desapareció en el gentío del andén.

No hay sensatez en el arte de traficar armas blancas. Menos, cuando el escenario de las transacciones es un tren en pleno movimiento. Mis temores están justificados: experimenté el miedo a que la infausta navaja se escurra de los dedos del negociador insensato; el miedo a que la daga describa círculos de metal en el aire turbio del vagón; el miedo a que el triángulo rectángulo cuyo sarcófago debe ser un cerrado cajón de madera aterrice en la diminuta inmensidad de mi pupila izquierda; el miedo a que la fría y seca lengua de plata se abra paso por el pastizal de tejidos orgánicos que componen la geografía circular de mi vulnerado globo ocular; el miedo a que la punta del dedo de hierro se hunda en la ternura del cerebro mientras el ojo partido florece en pétalos de sangre y colirio marchito; el miedo a deslizarme por el asiento como un muñeco de nieve descongelado hasta que mi brazo muerto encuentre la rigidez inesperada del suelo.


Ignore si quiere a este chico que urde fobias en la intimidad de la escritura. De vendedores de cuchillos no he tenido novedades. Y tampoco quiero tenerlas. Dejemos que el río de la normalidad fluya con sobrio ritmo a través de nuestras sienes y demos punto final a esta anécdota. Dejémoslo.

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