martes, 7 de enero de 2014

En la vereda desgraciada

Hace poco fui testigo de un fugaz pero llamativo acontecimiento urbano. Escapando del trabajo, mi padre y yo abordamos un colectivo rumbo a Primera Junta. El verano había sucumbido a una frescura momentánea, mezcla de vientos callejeros y ecos de lluvias muertas, que apaciguaba un poco la sensación de asfixia estival que con frecuencia nos apoca los ánimos cada perro año. Mis ojos resbalaron sobre el filo de una ventana acérrima: la Avenida Rivadavia se diluía en oscuras diapositivas, rauda sucesión de imágenes estiradas por el cansancio y la noche.

En determinado instante del breve viaje, el vehículo aminoró la marcha. Sin mayor emoción que el aburrimiento alcancé a ver a dos jovencitas empuñando caros celulares en las manos. Hablaban en voz alta; la despreocupación era notoria en sus alegres gestos. La distancia y el cristal no me permitieron conocer el motivo de la conversación.

Las dos muchachas no tuvieron más importancia para mí que el semáforo más oxidado de la ciudad. Un sujeto caminaba en dirección opuesta, en la misma vereda. Con temor no nacido vi la postura encorvada, el rostro pétreo de sombras y las grisáceas ropas del caminante; a simple vista, un perfecto rostro sin nombre con aires de sinvergüenza.

La corpulenta avenida y las penumbras eventuales separaban la mirada de este infiel observador de la nimia escena. El sujeto pasó junto a una de las chicas; la cabeza del varón giró horriblemente: no me fue difícil dilucidar que las pupilas del hombre resbalaron por las espaldas de las adolescentes. Hubo un movimiento difuso: el tipo extendió la mano hacia el muslo de la víctima más cercana. ¿Mero acto de lascivia mecánica o intento de robo de celular?

Las jovencitas se arrimaron, una con la otra, en instintiva postura de defensa. Le dedicaron una inútil mirada de irritación al propietario de los atrevidos dedos e incluso le imprecaron con un par de palabras mudas.

Aquí muere el incidente. El hombre se aleja, como si nada, como la zorra de la fábula que se queja del verdor de las uvas que no alcanza a devorar. Las muchachas se detienen en una esquina; una se lleva una mano a la boca y mira a todas direcciones.

Yo la imité, inconsciente, desde un punto de observación más privilegiado y seguro. Comprobé, al igual que las protagonistas de este relato, la ausencia de almas humanas en la vereda desgraciada.

Si un asesino hubiese elegido este sitio para matar a puñaladas a una mujer indefensa, la escenografía habría encajado a la perfección con el funesto acto.


Llegué a Primera Junta sano y salvo, como siempre ha ocurrido y ocurrirá en mi línea de tiempo personal. En cuanto a los personajes de este verídico cuento, los empaña el anonimato, la imprecisión del narrador y las penumbras de aquella irrecuperable noche.

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