sábado, 11 de enero de 2014

La ecuación de la carne picada

Muy eventualmente hago pequeños mandados a la hora de las compras. Mi minúscula contribución a la casa consiste en cruzar la calle y comprar lo justo y necesario en el quiosco de la manzana opuesta. Tarea más que sencilla hasta para el menos iluminado de los mortales. Sin embargo, como mi cerebro está acostumbrado a interpretar la realidad bajo formas lógicas, hasta el intercambio de un par de monedas por chicles parece, dentro de mis circuitos orgánicos, una ecuación complicada.

Me explico.

Imagínese que me dan dinero para comprar un kilogramo de carne picada.

–¿Y si no hay carne picada? –pregunto antes de salir, con toda precaución.

–Comprá un kilo de milanesas de pollo –repara mi madre, ligeramente irritada.

–Ah, bien –respondo; medito un segundo y urdo otra pregunta:– ¿Y si no hay milanesas de pollo?

–Milanesas de carne –responde mi madre, antes de rectificar con todo severo–, pero comprá carne picada.

–Un kilo de carne picada… –murmuro yo, más para grabar estas palabras en mi acuosa memoria que para probar la paciencia infinita de mi agobiada progenitora.

–Y, en caso de que no haya carne picada –dice mi madre, haciendo énfasis en el carácter condicional de la frase–, milanesa de pollo.

Con estas minuciosas instrucciones introducidas en mi cabeza, las neuronas procesan la nueva información y construye la siguiente contingencia lógica:

COMPRAR CARNE PICADA UN KILO SI NO HAY CARNE PICADA COMPRAR MILANESAS DE POLLO UN KILO SI NO HAY CARNE PICADA NI MILANESAS DE POLLO COMPRAR MILANESAS DE CARNE UN KILO…

Solo para disipar los últimos nubarrones de dudas, prolongo el tedioso ciclo de preguntas y respuestas durante media hora más. Luego, por fin, salgo a comprar.

Me importa poco que el lector me considere un neurótico por esquematizar la acción más nimia de la cotidianeidad humana. Incurro en estos exasperantes hábitos para ahorrar las erratas que suelo cometer en vista de mi personalidad distraída. En más de una oportunidad he olvidado uno o más insumos en la lista de compras.


Por estas razones insto a los miembros de mi familia a repetir lo que dicen una… Y otra… Y otra vez… Si no clasifico mi rutina en fórmulas ordenadas, sería capaz de olvidarme hasta de mi propio apellido.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario