martes, 14 de enero de 2014

La iglesia de las desilusiones

Los desterrados del amor se reúnen bajo el mismo techo. Se congregan en la iglesia de las desilusiones, compartiendo el pan de la amargura y rezando el mismo tango de la derrota. Han comprendido que el amor, como todas las cosas, es una lucha desigual. Una batalla desequilibrada, imposible de ganar.

Acúsenme de melancolía en esta tórrida noche de indiferencia. Sepa perdonar, estimado lector, a este cuentista miserable. ¿Acaso no tengo derecho, como todo escritor barato, a desmenuzar los pétalos de un romance fallido?

Puedo ser, damas y caballeros, un oficioso amigo. Camarada silencioso que guarda los secretos en la caja fuerte del corazón, capaz de morir como un mártir antes que revelar las intimidades de mis aliados ante las lenguas indiscretas. El rótulo de ‘amante’, contra todo lo predecible, no calza con las configuraciones de mi espíritu errante. Huyo o suelo huir de los compromisos. O, para ser honestos, soy la antítesis del romanticismo.

Frío, parco y seco como una tumba. Un gesto árido en el diccionario de la ternura. Mi sonrisa es apenas verosímil ante mis hermanos. Cabizbajo en la avenida de las esperanzas, estrello mi cuerpo contra la placentera lluvia. Las tormentas se me antojan simpáticas. La única acaricia que me animo a recibir es la del viento que rasguña mi cara.

Detengo los pies sobre la tierra mojada y extiendo una mano al cielo imposible. Grito: ‘¡No lo merezco!’  Esa frase, sin significado ni verdad, atraviesa la lluvia de ensueños. Con las manos en los bolsillos regreso a un santuario que no existe. La iglesia de las desilusiones, por supuesto. El refugio de los hombres que no pueden ni podrán amar jamás a las buenas mujeres de este roto mundo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario