lunes, 27 de enero de 2014

Las catacumbas porteñas

Si en los cuentos de Borges apreciamos la veneración por los laberintos, es legítimo también que en mis anécdotas me preocupe por glorificar las penumbras de las galerías comerciales.

Estas cuevas mercantiles que atraviesan manzanas enteras parecen ser el eventual escenario de diferentes tipologías de personajes que comprenden el elenco de la vía pública.

Un grupúsculo de adolescentes en plena cacería de caras ropas, una madre arrastrando a una criatura irritada en busca de zapatos, un noviazgo apretujado en enternecedor abrazo que camina sobre largas escaleras, protagonizan sus propias aventuras personales en túneles de vidrio y tiempo.

La diferencia sustancial entre el laberinto mitológico y la galería urbana radica en que en el primero se privilegia la búsqueda constante de una salida. En los paseos de compras las puertas de emergencia están perfectamente señalizadas; sin embargo, nadie quiere salir, no hay mortal que desee cortar el hilo de la caminata. Si una persona permanece encerrada en un centro comercial durante veinticuatro horas, no le afectarán el miedo o la impaciencia, sino el regocijo de estar rodeado de un bosque de productos accesibles a la mano. (La moraleja sugerida en la película ‘El amanecer de los muertos’ de Romero contradice la tesis de esta escritura: el centro comercial puede ser tanto nuestro refugio como nuestra perdición.)

Hay una galería, en particular, a la que trato de ir siempre que puedo: me detengo delante de una tienda de películas y observo las cajas de DVD’ s en exhibición, más para no olvidar la existencia del cine que para otra cosa. En la eterna contemplación de caras famosas, hago un esfuerzo visual para ver a través del reflejo del cristal al gentío acérrimo que recorre la caverna conmigo.

Si se me presenta la oportunidad, no escatimo mi tiempo en organizar escaramuzas para investigar las catacumbas porteñas que tanto llaman mi íntima atención. Después de todo, las mejores opiniones marginales que he escrito han florecido dentro de las venas de la urbe, y nunca se sabe de dónde puede salir la inspiración prematura para un excelente relato futuro.

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