viernes, 3 de enero de 2014

Las milongas que no bailo

Un amigo a quien admiro acaba de regalarme una antología literaria de tango. Mi gratitud, tanto por la temática sublime del tomo como por la calidad de persona que resultó ser mi compatriota, es infinita.

La juventud, la falta de oído y la inexperiencia me impiden escribir caras melodías del género. Acusar al tango de una lógica vejez sería incurrir al más sencillo de los pretextos. He visto adolescentes que se deleitan en la respiración de un acordeón o en la estridente voz de célebres cantores nacionales; rezumar tango, pues, no es cuestión de edades.

He intentado escribir, bajo el imperio de un lunfardo mutilado y dos o tres canciones de Julio Sosa, historias de arrabales y compadritos. Mis pequeñas empresas literarias demostraron en la intimidad de la escritura mis incurables limitaciones para evocar este tema con el debido respeto y la argentinidad que amerita.

Por esto admiro a los hijos del tango, oidores, bailarines y poetas del género que mantienen caliente la sangre de los desamores en las venas de la abarrotada cultura argentina. En alguna esquina rosada de la furiosa Buenos Aires, héroes secretos alimentan la hoguera de los himnos arrabaleros invocando en sensual inspiración las milongas que no bailo...

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