jueves, 9 de enero de 2014

No hay hijos perfectos

Ocupo el puesto de primogénito en el esquema de una familia común: padre, madre, hermana, hermano. Vivimos en una casa que podría ser el hogar de cualquier ciudadano de clase media baja. Carecemos del sentido de la envidia y no envidiamos a nadie. Nuestros días se dejan vencer por la lividez de una rutina tranquila.

No correspondemos, por regla general, a los jolgorios desproporcionados o a las borracheras infames. Hay acuerdos y diferencias, como en estirpe toda, pero nos consideramos enemigos de la murmuración e inútiles en el arte de sacar el cuero al otro. En parte, porque no deseamos desperdiciar el tiempo en disputas mediocres; en parte, porque nuestra filosofía de honestidad y transparencia, heredadas de un cristianismo sobrio e íntimo, nos lo impide.

Somos, en resumen, tranquilos y felices.

En silencio practico la viciosa tendencia de comparar a mis padres con otros matrimonios y de contemplar a mis hermanos a la par de otros especímenes de esta generación. Descubro y redescubro en esta manía secreta lo afortunado que soy al haber sido por progenitores bondadosos.

He visto en los últimos años a muchos linajes enredados en problemas profundos, llenando de podridas infamias las ramas de los árboles genealógicos. Consciente del vertiginoso ritmo de estas épocas turbulentas, dejo aflorar el tierno impulso de agradecer a la Deidad por haberme brindado maravillosos guardianes humanos.

Seré duro en el párrafo siguiente.

Hay hijos e ‘hijos’. Hijos que se drogan; hijos que embarazan a otras hijas; hijos que abandonan a otros hijos; hijos que roban; hijos que violan; hijos que matan; hijos que fuman; hijos que beben; hijos que golpean; hijos que se van; hijos que no vienen; hijos que viven; hijos que mueren.

No hay hijos perfectos. Aunque a los ojos de los padres los retoños de vida irradien divina perfección. No soy yo la excepción. Pero no he experimentado los oprobios del crimen, la adicción o la rebeldía; alimento cada día mi fascinación por la literatura y hasta aspiro comenzar una carrera universitaria.

Esto dice mucho de cómo me criaron mis padres.

Un padre o una madre no ganan esta milagrosa profesión por los lazos genéticos. La maternidad y la paternidad es un ejercicio de amor sobre las criaturas indefensas. El destino de los hijos es fruto de la labor de los padres.


Esto no es un texto para leer en las fechas comerciales. Si me llego a enterar que comparten estos renglones para regalar a un adulto una tacita de café para la ocasión, acribillaré la cabeza del autor de esta aberración con mis zapatos. Porque no alcanza, ni jamás va a alcanzar, todo lo que hagamos en esta vida para recompensar todo lo que ellos han realizado por nosotros.

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