sábado, 25 de enero de 2014

Peor que las mujeres

Mi indecisión a la hora de elegir qué camiseta ponerme trepa hasta los límites más aborrecibles de la intolerancia. Al menos, eso debe pensar mi hermana cada vez que ve mi sombra desdibujada sobre las puertas del armario abierto. En otras palabras, dudo demasiado cuando debo seleccionar qué vestir para cualquier salida.

Mis vacilaciones, por lo general, exasperan a cualquiera. Evocando un caso reciente, mi queridísima compañera de sangre me reprochó con vago desaliento el uso duradero de una remera verde que llevo siempre antes de partir al trabajo. Articulando una sucesión de comentarios profanos, me persuadió de arrancar otra vestimenta desde las vísceras de mi placard, para ‘variar un poco’.

Aquí comenzó la tortura.

Bajo la vigilancia de mi hermana, recostada desinteresadamente sobre una cama, abrí el ropero. Un ejército de tela se desplegó ante mis narices. Aparté buzos y pantalones hasta hallar una pieza digna de combinar con el acuoso océano de los jeans y la carbónica negrura de los zapatos.

Me probé harapos varios sin necesidad de espejo. Mi hermana ojeaba mi apariencia y disparaba a quemarropa el defecto inmediato de mi pobre estética: la remera azul aguamarina con letras amarillas fosforescentes tenía un rastro violáceo en la sección del omóplato izquierdo; una lisa remera negra, poco recomendable por la exposición al violento sol de verano, presentaba una manchita perceptible a la altura del corazón. La remera roja, una de mis miserables alternativas, se me antojaba añeja y gastada al tacto. Cuando pronuncié mi elección final, mi hermana clavó las pupilas en la zona del abdomen y sentenció:

–Che, se te nota la panza.

En un breve acceso de furia fraternal arrojé la remera última contra la superficie del colchón. Regresaba a la comodidad de mi sempiterna remera verde mientras la muchacha de ojos críticos me increpaba:

–¡Sos peor que las mujeres!

Tal vez haya algo de verdad en esta frase imprevista. El género femenino rebosa una belleza impresa en su propia naturaleza, cargan con el sentido de la estética ya en la sangre. El hombre, que tiene tanto ojo para discernir colores como un topo encerrado en una caja, se resigna a ser un espantapájaros andante y una bolsa de andrajos deshilachados. Aunque esta regla no se aplique a todos los miembros del género masculino, me considero fiel espécimen de los muñecos de trapo mal vestidos.

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