sábado, 18 de enero de 2014

Un paseo por Rivadavia

Después de una visita al consultorio de un otorrinolaringólogo en Morón, me dirigí a la estación ferroviaria y tomé el próximo tren con destino a Once. Descendí en Flores, la sagrada tierra del Ángel Gris. Las agujas de los relojes apenas superaban las cinco de la tarde. La pizzería abría a las siete y media. Despreocupado por mi prematura llegada, emprendí una ligera caminata por Rivadavia.

No hice demasiada distancia cuando vi a una mujer acomodando libros sobre la piel caliente de la vereda. Me detuve. La fama de algunos autores llamaba la atención de mis ojos. Junto a mi pie, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, había cautivado mis pupilas.

Consulté el precio de la novela. La comerciante recitó un número de dos cifras, pero ofertó el libro a una cantidad menor, por las ligerísimas señales de desgaste en los bordes del tomo. Lo compré. Me refugié en una galería de compras y, acomodándome en unas escaleras marmóreas, comencé a leer.

Devoré las primeras sesenta y cinco páginas con terrible placer. Al paladear los párrafos de la página sesenta y seis, mi padre llamó al teléfono móvil: eran las seis y cuarto, y yo aún no había llegado al trabajo. Repuse, con voz calmada, que estaba ‘paseando’ por Flores, y que no demoraría mucho en aparecer por Carabobo.

Apreté un botón rojo, guardé el libro y regresé a la calle. Hice las cinco o seis cuadras que faltaban para llegar a la pizzería. Después de todo, mi paseo había terminado: una caminata mental que comenzó con las palabras 'Era un placer quemar' y que terminó en el momento en que un bombero llamado Guy Montag se daba cuenta de una infelicidad un poco parecida a la mía, a la tuya y a la de todos los mortales de Occidente.

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