miércoles, 29 de enero de 2014

Un poquito de humor negro

Hay días en los que me pregunto de qué sirve ser bondadoso, respetuoso y leal. Se lo pregunto al reflejo del espejo del baño y recibo como respuesta el mutismo del retrete. Se lo pregunto a mis perros y ellos ladran, salpicando pulgas por los alrededores. Se lo pregunto a Dios y él me señala las viejas palabras del apóstol San Pablo.

Como no hallo respuestas contundentes, he improvisado una respuesta irónica aferrándome a las virtudes del humor negro.

Ser bueno, en vida, no sirve.

Los frutos de la benignidad se cosechan después de muerto, cuando el encargado de pompas fúnebres rectifica los últimos pormenores del entierro y todos tus familiares, amigos y enemigos hacen fila para dedicarte una sarta de discursos inútiles acerca de tu trayectoria, tus sueños rotos y tus sublimes cualidades. El lado glorioso de tu propio funeral es que todos los defectos que te reprochaban desaparecen de un plumazo.

En vida, medio continente te toma el pelo. En muerte, inauguran un monumento de oro en tu honor.

Cuando las personas te devuelven una palabra de aliento con una bofetada marginal, es lógico derramar una lágrima secreta. Pero, si me aferro a mis principios y a la moral, tal vez, el día de mañana, uno de mis pocos amigos encargue a un artesano particular la fabricación de una placa con este esquema:

Julián C.
Fecha de nacimiento – Fecha de defunción
Epitafio conmovedor o frase ingeniosa
proferida por el difunto en cuestión

Al que no le gusta el humor negro, tiene todo el derecho de despreciarme. Pero hay determinados momentos de mi vida en los que pienso que la ética, para lo único que sirve, es para premiar las debilidades y para compensar la falta de reconocimiento de los espíritus laboriosos y sensibles.

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