martes, 11 de febrero de 2014

El arte de narrar anécdotas

    La narración de anécdotas está sujeta a reglas viscerales y tácitas. La recomendación, obvia e implícita en el género, es sacar de la galera una desventura propia, pulirla con el cincel de las palabras y transformarla en un recipiente de arte. No tengo piedras angulares en mi filosofía de escritura, aunque hay un axioma elemental que no pasaré por alto en esta lluviosa tarde de febrero: desconfiar completamente de las historias relatadas por el amigo de un amigo. Así de simple.

El mapa de mis costumbres está repleto de grises calles delgadas. Tomo un crayón rojo del alma y trazo círculos alrededor de los rincones más interesantes. Narrar anécdotas es jugar al ajedrez en orden inverso, comenzar con la muerte del rey y regresar a la plenitud de los dieciséis trebejos negros del inicio de la partida. La anécdota no es una biografía exhaustiva ni la contratapa de un libro de bolsillo: la longitud debe ser exacta y graciosa, poco más extensa que un chiste mal contado y explicado.
No soy quién, por supuesto, para dictar cátedras sobre la composición perfecta de las narraciones personales. El poder de la anécdota radica precisamente en la imperfección, en la ausencia de un esquema prefijado condenado a un final sorpresivo que desarma de un tijeretazo el hilo de la costumbre continua hasta desconectarnos por tres segundos de la realidad que tanto odiamos.
Cuando a uno le va bien en la vida, no repara en las vicisitudes del hombre común. Es más, hasta podría afirmarse que, para escribir, tenés que ser un flor de desgraciado. Ése sería el requisito fundamental, aunque no obligatorio. Cuando un evento pequeño interrumpe la circularidad de la próspera rutina, la semilla de una anécdota futura echa raíces en el papel. Cada día es una nueva batalla, un júbilo y una sorpresa. El excéntrico sombrero de un hombre extraño, una borrachera de fin de semana o las macanas de un allegado íntimo son dignos motivos de carcajada y estupor. Al adquirir la capacidad de entresacar de la arena del tiempo las perlitas de la jornada, nos convertimos en nuestros propios historiadores sin necesidad de un título impreso. Comprendemos que la realidad es vasta, infinita y multiforme. Y que no podemos hacer otra cosa que reírnos de ella, transmutando las tragedias breves en sutiles chistes de muerte.
El perfil de un narrador de anécdotas, por último, incurre en características inolvidables. El aire cansado y atroz de los veteranos que han visto todo y no se asombran de nada; la lentitud de los vientos en la voz parsimoniosa que impulsa los párrafos borrosos de silencios y de pausas; el hábito de observar el mundo bajo una lente de existencialismo urbano; el pesimismo risueño y voraz del hombre derrotado por la modernidad; y un hálito de nostalgia malsana pero bien distribuida en cada sílaba, condimentada con guiños de humor.
No me considero ni por estupidez o soberbia un arquetipo o una sombra previsible de relator. Apenas me limito a clasificar mis nimias adversidades de chico tonto en textos virtuales. Hoy en día, el arte de narrar verdades cotidianas ha sido destronado por ‘el amigo de un amigo’, las noticias de último minuto y los anuncios epilépticos de los medios masivos de comunicación. Una lástima. Concedámosles el reconocimiento a todos los Arlts, Fontanarrosas, Dolinas, Cortázares, que han vivido sus bien merecidas vidas y que, aún teniendo tantas aventuras por compartir, carecen de una calurosa audiencia, una antología publicada o nuestra sencilla atención.

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