sábado, 1 de febrero de 2014

Hay que aguantar a los niños

La escasa paciencia con los párvulos provoca un envejecimiento prematuro de ánimos. Mi espíritu oxidado sucumbe al ácido corrosivo de las sonrisas infantiles. No hay nada más parecido a un demonio como un mocoso de dientes partidos y pequeña estatura que se mueve de un lado a otro, cual piraña errática en un río de sangre.

Nunca me han gustado los niños. No sé si la adolescencia, la introversión o el amor a la tranquilidad moldearon esta sección de mi carácter. Esto no se aplica a toda la generación de retoños humanos: solo a mi hermano, a mis primos y a sus descarriados amigos.

Si no tengo éxito en el arte o en la docencia, ejerceré la profesión de inventor y construiré una jaula electrificada para estas criaturas insoportables. Después de todo, de alguna manera y otra, hay que aguantar a los niños.

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