viernes, 14 de febrero de 2014

La destrucción de los zoológicos

    Con la evolución de las cámaras digitales y la eventual predisposición de los documentalistas especializados, es posible contemplar la maravillosa diversidad de especies animales en sus espacios naturales, sin necesidad de desequilibrar la armonía de su hábitat. En resumen, si queremos ver a una jirafa estirar el cuello para alcanzar la rama más alta de un árbol, bastará encender un televisor o abrir un libro de zoología.

Es tiempo de que la humanidad vaya despidiéndose de los jardines zoológicos.

Mi benévola timidez me impide tomar decisiones radicales, como dejar de comer carne o protestar contra las industrias petroquímicas que intoxican el planeta. Admito incluso que las visitas a las prisiones animales constituyen tiernos recuerdos de mi infancia. Pero, ¿hasta qué punto ver un animal enjaulado es un acto de inocencia y no la satisfacción secreta de una oficiosa perversión? ¿Hasta qué grado de realidad la cautividad es ‘útil’ para preservar seres vivos? ¿Hasta dónde es permisible el confinamiento y condicionamiento de un espécimen destinado a la vida salvaje?

No pretendo ver en la actualidad la destrucción de los zoológicos, que, a diferencia de las reservas ecológicas y los programas de protección ambiental, comercian con el deleite de los curiosos y los turistas. Mi humilde deseo en este Día de San Valentín no es siquiera el beso de una mujer, sino que los amantes de la libertad, el equilibrio y la naturaleza se impongan sobre nuestra cobardía e inyecten en las venas de la sociedad las aspiraciones a alcanzar un mundo mejor.

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