martes, 18 de febrero de 2014

La elección de un libro

     La elección de un libro es una batalla interna en el corazón del lector. El primer paso hacia el umbral de la librería, la contemplación estupefacta de los anaqueles, las alas de papel infinito que se despliegan en la cuna del comercio, las máscaras amenazadoras de publicidades minuciosamente elaboradas para atrapar el interés de tu ojo sediento. Penetramos el santuario de la tinta, peregrinos del tiempo, calzamos saludo nada místicos con los mercaderes de enciclopedias, inspeccionamos con recelo las primeras filas de las novelas recién estrenadas, como los perniciosos generales de guerra que pasan revista a la sección de vanguardia de un ejército para seleccionar ellos mismos la carne de cañón.

Se sabe que los peligrosos territorios de los escaparates están ocupados por las obras más vendidas, los manuales de auto-ayuda, las historias románticas y los lánguidos ensayos políticos. El género erótico, los tomos históricos, los libros con fotografías surgen eventualmente como desdeñables alternativas. La literatura infantil merece, norma irrevocable de toda librería, un espacio independiente.

El comprador debe entrar al establecimiento con el nombre de la obra y el apellido del autor grabado en la cabeza. De otro modo, la indecisión se apodera pronto de la mente del visitante. Examinará cada libro con reverencial temor, arrastrará las pupilas a través de un océano de títulos incalculables, incurrirá en el pecado de equiparar unos tomos con otros; manoseará la billetera oculta en el bolsillo trasero del pantalón sin saber si el dinero alcanzará justo para un par de poemas de Rubén Darío o si deberá conformarse con lo que el empleado de la librería recomendará a continuación.

Profeso una envidia incurable a los lectores cuyas gordas alforjas llenas de dólares les permiten apropiarse de dos o tres libros de más. Es una envidia benévola, puramente literaria, pero no por eso menos mortífera y corrosiva. Soy el apostador que arriesga un centavo por el caballo más veloz. Mis transacciones son lentas, a cuentagotas; fracciono las menudencias de un pequeño jornal, un libro de bolsillo cada tres semanas.

Ningún lector puede negar que visitar una librería constituye una singular aventura cotidiana.

Bienaventurados los que leen, porque de ellos será el reino secreto que late en el terreno fresco de cada libro honradamente ganado.

Entremos una vez más a la iglesia de las letras, donde los ángeles de corbata azul intentarán persuadirnos a la fe de la Literatura mayúscula, hecha carne.

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