lunes, 3 de febrero de 2014

Pérdida de una computadora

Para los miembros de mi familia, la sensible pérdida de una computadora no significa nada más que un rectángulo relleno de circuitos del que debe deshacerse. Yo, por mi parte, acabo de perder una valiosa herramienta de catarsis, de publicaciones virtuales y espacio creativo. Mi hermana me reprocha la existencia de la tinta y el papel; sostiene la tácita creencia de que el escritor verdadero se aferra a las vísceras inertes de un cuaderno silencioso.

No pienso defender mi título ausente de poeta ni entrar en imprecisas discusiones.

Mi teclado blanco ha quedado fuera de combate, lo cual representa una lívida amenaza  para la continuidad de mi blog. Sin embargo, heme aquí, Señor, en el altar de silicio de un locutorio urbano, elevando una plegaria cibernética en la telaraña virtual.

Seguiré escribiendo, aunque el destino me arranque los dedos cuando la mandíbula de la vejez aplaste mis falanges en la dentadura del tiempo y la oxidación ósea inyecte dolor en mis nervios agotados. No espero ninguna gratificación del lector ni espero tampoco que mi propia estirpe comprenda mis vicios positrónicos.


La incomprensión poco importa. Escribo, publico, pago el uso de la computadora prestada y me reúno con la lluvia no nacida del grisáceo mundo exterior.

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