lunes, 17 de febrero de 2014

Recuerda que eres pobre

     No sé si fue el previo conocimiento del Día de San Valentín, el dolor en una pierna, la ausencia de dinero en la billetera o una rara combinación de por lo menos dos de los tres factores mencionados. Llegué temprano a mi destino, padeciendo un malestar que casi nada tenía que ver con lo corporal y decidí perderme en las luminosas sombras de una galería de Flores. La efímera caminata no me tranquilizó. El túnel abundaba en comercios de relojes, vanas joyerías y tiendas de caras ropas.

Vi maniquíes revestidos con lujosas telas, abalorios de plata cuyo vago resplandor horrorizaría a todos los licántropos de tres mundos secretos, estatuillas de vírgenes virtuosas talladas en diáfano vidrio, finos utensilios destinados a las mesas de los déspotas y de los adinerados.

El aburrimiento me empujaba sobre la superficie de un sendero de cerámica pulida. Mi reflejo se desdibujaba en los indiferentes escaparates; al reencontrarme con los vientos callejeros de la avenida Rivadavia, imaginé los tentáculos de la miseria recorriendo las rugosidades de mi piel mortal.

‘Recuerda que eres pobre’ pensé, con crueldad. ‘Pobre, pequeño e inútil. Recuerda que a las damas no les importa la caballerosidad, sino saber si el día de mañana tendrás capital para llenar de pan la boca de tus hijos no nacido. Recuerda, recuerda, las armaduras de oro y la fascinación del cristal, el precio de los libros y el costo del metal. Y entenderás que no podrás aspirar a los encantos de una mujer en la triste tarde de San Valentín.’

‘Recuerda, recuerda, que a los pobres nadie los quiere, nadie los querrá. A los pobres en espíritu y a los pobres en verdad.’

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