domingo, 23 de febrero de 2014

Retrato de una náusea

     A nadie le gusta pasar la vergüenza de sufrir una descompensación en el trabajo y regresar a casa antes de tiempo. No hace falta precisar que esto fue lo que me sucedió anoche. Ni bien recobré la lucidez tras una cucharada de azúcar, se me permitió salir prematuramente.

Estaba pálido, sudoroso y con un ladrillo de dolor en el estómago. Pero podía mantenerme de pie. Tomé un colectivo y anuncié a mis familiares inmediatos mi inesperado retorno. Con el cuerpo tieso de incomodidades en un asiento, eche la cabeza sobre una ventana y mis ojos rodaron en el vértigo del paisaje. La velocidad de las negras ruedas, el malhumor del chofer que profería maldiciones cada dos esquinas, la pétrea seriedad de los pasajeros, construían en mis pupilas un malestar atroz que encajaba con la dolencia física.

Las luces de la carretera se convertían en lunas de neón cortado cada vez que el vehículo realizaba un brusco giro. La urbe se me antojo funesta: edificios, cables, cemento y metal, todo mezclado en la retina y el cerebro.

‘¿Esto es la náusea?’ me pregunté, sin ganas de poetizar lo intolerable.
 
Llegué a casa, expié todas mis angustias en la intimidad del baño y me recosté en mi tenue cama.

Ahora, estoy mejor. De este banal y trémulo episodio puedo sacar la más fatal de las conclusiones. No todos los días serán buenos. ‘Vendrán lluvias suaves’, reza el verso más famoso de Sara Teasdale. Habrá tardes de rabia, vómitos y hondo malestar. Días de dolor y de vorágine. Y noches en las cuales tu cráneo asomará por los bordes del tren de la vida, observando el mundo con desdén y con locura, deseando llegar a destino solamente para descansar.

Hoy, estoy bien. Mañana, ¿quién sabe?

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