lunes, 10 de febrero de 2014

Una larga ausencia

Mi ausencia en los territorios virtuales ha sido notoria. Por lo menos para mí, un chico habituado a estrellar las furiosas yemas de los dedos contra las frías caras de los pálidos botones de un viejo teclado. He vuelto, en cambio, a experimentar el encanto del derramamiento de tinta sobre las hojas de un cuaderno: la inquietud de mis falanges sobre los renglones negros me provocan dulces espasmos de dolor en las articulaciones. Admito, con mucha vergüenza, que mis cartílagos contienen más telarañas que una mansión embrujada en cuanto a escritura tradicional se refiere.

Después de una amarga caminata por la zona comercial en la última semana, la compra de un CPU más antiguo que la primera edición de la Biblia de Lutero supuso el fin de mi abstinencia electrónica. Aún debemos rectificar determinadas configuraciones, pero, con el dispositivo colocado encima del escritorio, me sobrecoge la esperanza de desvelarme hasta las una de la mañana para recuperar la continuidad de mis relatos.

La circulación de mis opiniones marginales ha disminuido como la sangre que corre bajo mi piel cuando cae la presión. Lo elemental, no obstante, es que la savia roja permanezca dentro de mis venas y que el corazón de este blog siga latiendo.

Mientras tanto, con una birome y un pedazo de papel, puedo arreglármelas para moldear cuentos caseros en la comodidad de mi trémula cama.


Nuevamente, en las penumbras de un locutorio, rubrico esta retrasada publicación. Aún no hemos logrado restablecer la conexión de Internet en el hogar. El pequeño precio de comprar un aparato y no comprenderlo.

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