lunes, 10 de marzo de 2014

Carretera salvaje

Pocos crímenes despiertan en el espectador tan macabro sentimiento de repugnancia como el acto de atropellar a un animal en la vía pública. Las anécdotas sobre criaturas aplastadas por ruedas de coches anónimos constituyen negros episodios en el historial de pecados de todo conductor urbano. Existe una obscena inclinación hacia la tergiversación deliberada de la realidad cuando el autor de los hechos señala de la víctima de su crueldad vial ‘se cruzó en el camino’.

Fuera del escrutinio de casos precisos, ¿no somos nosotros, los hijos de los hombres, quienes recortamos el laberinto de la naturaleza con líneas de cemento iluminadas con sangre eléctrica manada de los ojos de los postes de luz que se perpetúan en los bordes de estos riachuelos pavimentados? ¿No somos nosotros los agentes responsables de la confección de un sistema de símbolos que la fauna acérrima no comprende en su plenitud y cuya irreprimible sed de movimiento blandimos como inepto argumento a la hora de justificar accidentes de esta índole. El perro no se cruzó en nuestro camino; nosotros nos cruzamos en el camino del perro, interponiendo una barrera de luces cambiantes y letreros rojos que la mente del cánido no puede interpretar.

Ni el más astuto de los lobos sabe leer un semáforo.

La definición de la culpabilidad del hombre es motivo de amplia controversia. Lejos de las vicisitudes que suscita la dificultad de establecer quién contribuyó más al desencadenamiento trágico que estampó una estrella de sangre en la tierra, el tácito pesar que nos infunde la detenida observación de vísceras reventadas es un denominador común que compromete a todos los ojos sensibles que rememoran la vieja visión de un esqueleto ajado por los vehículos motorizados.

La muerte de un gato en circunstancias infames mueve las cuerdas más profundas de la conmoción, pulsa los botones de la náusea y el rostro de la humanidad se contorsiona bajo las impresiones de un malestar inescrutable. ¿A qué clase de espíritu le puede deleitar el espectáculo de una sentencia de muerte ejecutada a ciento diez kilómetros por hora?

No dilato la amplitud de esta elegía zoológica al extremo de censurar la expansión de carreteras necesarias o el uso de transportes modernos. Mi prosa expresa mi pequeño e inútil deseo de impedir el asesinato, eventual y sistemático, de los entes vulnerables a la fuerza prodigiosa de la ruta.

En el ritual del choque, cuando el paragolpes abofetea sin piedad las vértebras de un sabueso sin collar, se difuminan las barreras que separan al hombre de la barbarie. En este triste juego de luces y sombras, ¿quién es, realmente, el animal?

La próxima vez que vea a un perro descuartizado junto a una avenida populosa, venza al pudor y mírelo. Hónrelo con un apretón de labios, con la trayectoria de una mano hacia su boca, con una noble y compungida interjección de asombro, con una arcada incompleta. Hágalo con el conocimiento de que, al menos, usted le ha prestado más atención a la criatura una vez muerta que el sujeto detrás del volante en sus últimos minutos de vida.

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