sábado, 8 de marzo de 2014

Día de La Mujer: Antes de celebrar...

Este día no es, precisamente, un canto a la feminidad; es el recordatorio de una milenaria opresión cuyos nudos poco a poco se están aflojando. Ningún carnaval superlativo puede añadir a la dignidad del género femenino mayor gloria de la que ya tiene o debe tener. Procuraré no deificar desmedidamente la figura de la mujer en los tiempos contemporáneos. La objetividad pura es imposible y no se logra una aproximación certera a ella en pocas líneas. Prosigamos.

El signo de la mujer, liberado de restricciones culturales, ha dominado nuevos significados cuyas repercusiones en diferentes ámbitos de la actualidad. Numerosos lectores opinarán que los cambios son benéficos, sin ningún atisbo de duda; otros, tal vez más conservadores o temerosos, desdeñan la burbujeante vertiginosidad de las transformaciones. No pretendo hundir el pie en la superficie tenebrosa de polémicas relacionadas con determinadas libertades individuales que aún generan controversias no menores entre los legisladores. Sencillamente empujo el naipe de la verdad sobre la mesa. El mundo se está moviendo. Las reglas están cambiando. Y las mujeres, más que nunca, están penetrando el tablero de juegos.

Somos los observadores de la caída del machismo. La desaparición de este fenómeno no es absoluta, jamás lo será. Comentarios inapropiados, arquetipos oxidados, prejuicios recelosos, los habrá siempre. La diferencia sustancial es la cantidad de cartas en los dedos de los participantes de la competencia de la vida. Emergemos de un milenio donde las minorías étnicas, los individuos con capacidades psicofísicas limitadas, los enfermos, los obreros, los menores y mayores de edad figuraban fuera del rango de importancia en la modernidad trazada por el ‘hombre-modelo-caucásico-europeo’.

Ahora estamos en el segundo tiempo de la cronología de la civilización; aún hay tiempo para revertir los contratiempos y las negligencias. Tiempo de sobra para garantizar la inclusión de todos los jugadores en el torneo de la existencia digna, justa y equitativa.

Trágicos acontecimientos de sangre, agotados en los libros de historia y los discursos escolares, configuran las penosas fracturas del tiempo. De los feminicidios perpetuados a sangre fría, del avance silencioso de moretones íntimos, de las irregularidades laborales derivadas de la expansión comercial, comenzamos a aprender algo. A entender que la mujer no es ni nunca fue una minoría. A comprender que enterrábamos a nuestras madres, hermanas, esposas e hijas, bajo el polvo del menosprecio y la ignominia. A redescubrir que ellas no eran inferiores ni tampoco superiores en nada; que la diferencia fisiológica en la anatomía de los dos sexos coexistentes en el regazo de la Tierra no excedía un mero pormenor orgánico, indispensable para la reproducción de la especie sobre el mapa de Gea.

En este día, antes de celebrar, rememoremos. Reflexionemos. Que la lectora y el lector agreguen las palabras que faltan a esta opinión cortada. Que las mujeres completen con su voz los misterios que no han resuelto los hombres.

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