lunes, 31 de marzo de 2014

Fútbol y literatura

El fútbol es una de las tantas cosas que no me gustan. Quiero creer que no soy el único. La argentinidad registra sentimientos encontrados: el fervor de Fontanarrosa y el asco de Borges, los dos extremos de una pasión indeleble en la cronología deportiva de la patria. El segundo concebía al balompié como uno de los inagotables signos de la estupidez humana; el primero profesaba un amor visceral hacia la disciplina, tanto en lo privado como en lo literario.

El entretenimiento popular no tiene que estar excluido de las esferas del arte. Menciono un ejemplo extranjero. El pecado de Stephen King es nombrar cada siete párrafos a los Red Sox, su equipo predilecto de béisbol. Las historias del maestro del terror son impecables; no obstante, me revienta que, entre líneas, aparezca una descripción de la tabla de puntuaciones de un bateador desconocido o las reglas que un juego que poco tiene que ver con la cotidianeidad de los porteños.

El campo de acción del atleta y el poeta no se mezclan. El ejercicio físico y el intelectual, ríos que no se entrecruzan. Hay excepciones. La literatura no es solo espíritu, metafísica y Kafka; es sudor, fuerza dibujada, retrato de sociedades enloquecidas por los penales y los árbitros corruptos, tíos oligofrénicos que destrozan tus tímpanos cuando la pelota golpea en el travesaño. La deplorable condición humana se refleja en los barrabravas, en las amenazas de los maníacos a los jugadores, en las groserías de los palcos; la nobleza, el compañerismo, la estética, la anatomía, la diligencia y la gloria están reservadas para los titulares que se desgarran las rodillas en la cancha.

He dicho que no me gusta el fútbol: lo mantengo y lo sostengo. Mi realidad está partida por el frenesí y los papelitos de colores. En medio del barullo, anoto los detalles en silencio y me las arreglo para aguantar al tarado con la remera de River Plate que aúlla la muerte de Boca Juniors en la inhabitable atmósfera del colectivo. La obligación del narrador es ésta: fotocopiar verdades con sustantivos y adjetivos, inyectarlas en el papel y convertir el deporta en una musa griega.


Esto opino, muy a pesar de mi animadversión al atletismo. A Cortázar le fascinaba el boxeo, y no dejó de ser un escritor genial; es legítimo, más aún en los argentinos, la devoción futbolística vertida en la tinta.

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