sábado, 15 de marzo de 2014

Invariablemente bipolar

Soy invariablemente bipolar. Frío o caliente. Feliz o triste. Blanco o negro. Guerra o paz. Siempre me he movido en los bordes del círculo, jamás en el centro. Camino por las veredas de la vida, nunca en el corazón de la calle. Mi equilibro radica, justamente, en el desequilibro de mis pensamientos. Bien o mal en términos absolutos. Por causa de mi enfermizo extremismo, se me tacha de histérico o neurótico. No quito legitimidad a estas acusaciones familiares; en verdad, soy una persona muy complicada de tratar.

En la esfera familiar, en el ámbito laboral, en mi ambiente académico, en la red de la amistad, me muevo de formas diferentes. Calzando gestos, léxicos y rostros distintos. No es hipocresía moderna, es un hecho de la vida que los seres humanos se adapten a disimiles contextos sociales. El ‘yo’ privado es opuesto al ‘yo’ público. El ‘yo’ que escribe es especular al ‘yo’ que habla. Si usted me estrechara la mano personalmente, o si echara un ojo al contenido de mi cerebro, se sentiría  decepcionado.

El poder del poeta radica en la invisibilidad del cuerpo. De esta manera, prestigia la supremacía de la palabra. Más de uno rompería a reír si me viera a este joven de veinte años, estatura baja y voz aguda, leer en un auditorio. Carezco de la voluntad de defensa, de lógica o de carisma. Mi arsenal único es el diccionario, al cual trato de sacarle todo el jugo en cada texto. Si arriesgo todas mis fichas en el mero histrionismo, estoy muerto.

Mi prosa misma es víctima de mi juego de luces o sombras. O escribo impulsado por la esperanza rabiosa o bajo las garras de una ponzoñosa aflicción. Noches en las que derrumbo con mis propias manos mi autoestima y mañanas en las que me levanto de la cama como si fuera el amo del Universo. Me destruyo y me construyo constantemente, en silencio, ajeno o atento a la cotidianeidad que zumba conmigo. Transito con mucha facilidad el puente entre la alegría, la cólera y el llanto. Soy muchas cosas, y a la vez no soy. Me pudro, me reviento y me renuevo en todo momento. Soy uno para algunos y otro para muchos.

Hacia el final de la medianoche, solo sé que no sé quién soy, que el sueño me cose los párpados y que en realidad nada más importa sino vivir y ser vivido. Seré lo que deba ser; y las opiniones del otro, en realidad, no importan.


“Dios está en su Cielo, todo está bien con el mundo”. Que este agotado verso de Browning me sirva de consuelo en mis desvelos. Mientras Dios esté en su Cielo, poco importa que mis ánimos se muevan a la velocidad del viento.

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