domingo, 16 de marzo de 2014

La chica que leía

Ayer viajé junto a una chica que leía. No sucedió nada. Ninguna de mis anécdotas excede el marco de lo previsible. Pasajeros que van y vienen. Idas y vueltas de colectivos siniestros. Ella subió en Castelar y yo bajé en Flores. Nada más.

Hay misterios que jamás podré resolver respecto a esta rara raza de hadas lectoras. No sólo los nombres, sino también el título y el contenido de los libros. A simple vista, la señorita era hermosa (rectifico: ¿acaso no todas las chicas que leen son así?); mas el objeto de mi intriga era el tomo. Vi la vejez de las páginas en el color amarillento del papel; la portada era azulada, como el cielo violento después de una tormenta de viernes.

Intenté buscar con el rabillo del ojo alguna frase delatora en los párrafos borrosos que se hallaban fuera de mi campo visual. La timidez, la fuerza de la normalidad, más bien la cobardía, me contuvieron en mi posición. Con los auriculares en los oídos, me entregaba a siestas intermitentes, manteniendo la cabeza casi pegada al cristal de la ventana.

En las vicisitudes de Liniers, alcancé a leer: ‘…el Creador de los Cielos…’

Sentencia peculiar para una historia de bolsillo. Sospecho que la posesión de la muchacha era la obra de un ministro cristiano que versaba sobre la naturaleza de Dios. Perezosa deducción: jamás he leído a un autor que incrustara entre líneas estas palabras en una novela marginal.

El colectivo casi vacío, las ruedas acariciando el asfalto de la capital y el disgusto de saber que no saldría del trabajo hasta la medianoche. Abandoné mi asiento y me dispuse a descender del vehículo, no sin antes dedicarle un último vistazo a la anónima poseedora del libro.

Verifiqué la autenticidad de su belleza en los blancos ángulos del rostro y en las doradas raíces de su cabellera. Fue aquella una imagen despojada de toda actitud de lascivia o perversión. Dos estrellas puntiagudas resplandecían al compás del sol: un par de cruces de plata se balanceaban bajo las preciosas orejas femeninas.


Me arremetió la absoluta certeza de aquella lectora era verdaderamente una devota cristiana. Me pregunto: ¿qué misterioso río de tinta giraba alrededor del Creador de los Cielos?

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