martes, 25 de marzo de 2014

Los días pasados fueron mejores

He expresado con anterioridad mis impresiones respecto a la producción literaria de los autores contemporáneos; sé que no resulta ajena al lector la sensación de que la humanidad tuvo sus mayores instantes de inspiración en épocas pasadas. Otorgo credibilidad legítima a este común prejuicio: las obras de Shakespeare, por ejemplo, constituyen las fibras del fundamento de la literatura moderna, gozan de una profundidad artística y retratan las contrariedades de la naturaleza humana de tal manera que sus líneas exceden las meras obligaciones de una narración azarosa. Mi atención personal por la literatura anglosajona no impide recordar la loable complejidad de las obras de los novelistas rusos, los poetas franceses y los cuentistas latinoamericanos.

La excelencia (o la popularidad, si incurrimos en un vulgarismo impersonal) de la letra no radica en el tratamiento de los elementos vernáculos de la tierra nativa; es la universalidad la fuerza que la audiencia más admira.

Las historias de José Saramago orquestan ingredientes exquisitos para reunir a una comunidad mundial de lectores: personajes sin nombre, países irreconocibles, relojes atemporales, argumentos simples y poderosos. Las crisis presentes en ‘Ensayo sobre la ceguera’ o ‘Las intermitencias de la muerte’ pueden ocurrir en cualquier punto del espacio, en cualquier ángulo del tiempo.

¿Debo mencionar el malestar que me provocan determinados escritores que sacrifican la esencia poética de la palabra en pos de convicciones políticas e ideológicas? En ‘El escritor argentino y la tradición’, un brevísimo y eficiente discurso de Borges, se deja entrever un desprecio velado al reduccionismo nacionalista.

La literatura ‘politizada’ es apenas uno de los males irreproducibles para el buscador de quimeras y librerías.

El contrapunto de la originalidad es la conjunción oficiosa de personalidades que figuran en las cimas de los libros más vendidos. Me refiero a aquellos seres que figuran en la contratapa de una novela de duro lomo con una reseña de minúsculas letras que auguran la frescura radical de su contenido. Tras detenidas inspecciones, nos percatamos de que su trama no es más extraordinaria que el aumento del precio de un chicle.

No todo best seller es malo, no todo lo malo es best seller. Las novelas que no me gustan le pueden gustar a otros. No ofrezco aquí verdades absolutos de bibliófilo puro. Opino. Mi odio hacia Stephenie Meyer o E. L. James no excede el límite de lo literario. Nada más.

‘Los días pasados fueron mejores’ dice el refrán, y los escépticos cimentan en esta tesis las neofobias editoriales. Este inocente narrador quiere creer que hay talento más allá del mar de mentes calcinadas que veneran el romanticismo obsesivo de Edward Cullen, un arquetipo de vampiro reducido por los chichés evitables y la inexperiencia de una escritora exitosa.


En la materia oscura del universo literario, hay estrellas que aún pueden brillar en la ceguera de los planetas.

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