viernes, 7 de marzo de 2014

Los huecos de los días

Me he distanciado de los territorios virtuales casi al extremo del abandono. La preservación de una página se ha convertido en una empresa descuidada: la continuidad de un espacio de opiniones carentes de importancia, el ahorcamiento arduo de prosas en el patíbulo del monitor, los hilos de letras balanceándose en los tenderos de información. Todo me parece, por momentos, agotador. La rutina es boxeadora: con el guante de las horas te apuñala la cara para aplastar el entusiasmo del intelecto.

En resumidas cuentas, mi imaginación recorre el sendero de los versos con el tanque vacío. Cuando uno no tiene nada nuevo qué decir, se entrega al hermetismo más descarado.

Los artistas no quieren sucumbir ante la comodidad de una bicicleta fija. Exploran horizontes con el alma, se aburren con facilidad de todo lo tangible, buscan la sombra y el origen de la sustancia del ser. El arte es un túnel cristalino, laberíntico e infatigable cuyas esquinas no les doblega la espalda o el cerebro.

Empero, nadie sabe si pecamos o acertamos cuando la factura del teléfono nos devuelve a una realidad tan profunda como las grietas de un billete falso. Renunciamos momentáneamente a la creatividad (divorcio temporal que nos duele y nos agobia), nos decantamos por el vicio simple del pragmatismo resignado, canjeando tiempo por trabajo, trabajo por dinero, dinero por el pago de un impuesto, por la elevación de la burocracia monetarista al cubo.


Idas y vueltas en colectivos. Servicios dominicales, parpadeos laborales y nervios académicos. Síndrome de la hoja en blanco y libros de bolsillo para combatir la falta de frescas ideas. Sé que en cualquier momento me atravesará el calor de una historia ingeniosa. Pero, hasta entonces, me dedicaré a rellenar con palabras los huecos de los días.

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