martes, 11 de marzo de 2014

Sin fe

En mis horas melancólicas imito la indiferencia de Meursault. Siento que soy una pieza ajena al mundo. No puedo comprender aún el mecanismo de la sociedad. Los perversos son recompensados, los seres honestos son masacrados, y los mentirosos engendran gloriosas revoluciones. Me parece atroz el hecho de que la premisa anterior no se cumple en todos los tiempos, que hay excepciones temporales que iluminan el rostro de los desamparados; me abate el horror de saber que ninguna verdad es verdadera en la absoluta circularidad de los relojes.

Me considero el contrapunto del personaje de Camus por legítimos motivos. La época, la nacionalidad y mi fe en Dios constituyen las diferencias primordiales. El misterio de la cruz es mi fundamento puro. Incurro en el existencialismo primitivo de Kierkegaard. Le pregunto al silencio por qué mi Creador me arrojó al mundo. No pregunto a nadie si existe o no Jehová. Conozco la respuesta de los otros. Las leo en el espejo de sus pupilas.

‘No.’

El mundo parece escupir sobre los valores en los cuales creo; hasta mi propia boca se siente tentada a imitar las palabras de los incrédulos. Es equívoco pensar que la tentación se reduce al ámbito sexual: existe la concupiscencia intelectual, el pecado mental, la vanidad del intelecto. La dilatación del conocimiento es una reducción de la capacidad de creer.


Sé mucho. Sé poco. Sé. Pero quiero seguir creyendo. Creer en figuras celestiales y cielos imposibles, en paraísos y estrellas. No es autoengaño, es el deseo de comprender lo que hay más allá de la materia. Solo pido que la Providencia me ayude a conservar la fe en este mapa de sensaciones sombrías y oscuras, en la geografía tenebrosa de la realidad. Sin fe, no tengo razón ni de ser, ni de estar o escribir.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario