domingo, 23 de marzo de 2014

Un hábito solitario

‘La lectura es un hábito masturbatorio’ sentenció el señor P., el docente que preside las clases de Teoría Literaria. Acto continuo, señaló, con enfática comicidad: ‘No digo con esto que todos los lectores son masturbadores potenciales –risa general y trémulo silencio del auditorio–. Me refiero a que la lectura es un hábito solitario’. La memoria me impide rescatar los términos exactos; el adjetivo ‘masturbatorio’ dejó una impresión de estupor en mis oídos. Sin embargo, la analogía, despojada de toda implicación impúdica, era apropiada.

La lectura es un ritual íntimo. Es placer, enriquecimiento del alma, satisfacciones de espíritu. No es un crimen público. Que una adolescente de diecisiete años se desangre la vista leyendo ‘Crepúsculo’ o ‘Cincuenta sombras de Grey’ en el colectivo, aparte de perder gramos valiosos de tiempo derrochado, no constituye un acto de pandemia literaria, sino llevar a cabo una acción privada en forma visible.

El señor P. agregó, verbigracia:

–La lectura no es un acto público, a menos que se lea en voz alta.

Mencionó casos de irrecuperables tertulias poéticas en las cuales los autores compartían sin vergüenza sus versos. En los talleres literarios, el procedimiento oral es una tradición cerrada. Empero, desafío al lector de este tendero a congregar por lo menos tres prosistas en la esquina de una plaza y que debatan sobre la estética del romanticismo en compañía de linyeras y vendedores ambulantes. Entre las especies que engrosan las tipologías humanas de las faunas urbanas, los literatos no son mejores que las bestias a los ojos de los ineptos.

La literatura contemporánea goza de amplias difusiones gracias a los blogs, las publicidades o las recomendaciones pasivas. Pero, siento que algo ‘falla’; que las nueve musas del Olimpo no están tan enérgicas como antes. Usted también, lectora y lector, lo perciben. Como si todos los Borges, los Shakespeare, los Saramago, los Mistral y los Neruda de los cuatro extremos de la Tierra se hubiesen desvanecido en el aire, como si todos los anaqueles repletos de tomos en la librería no fuesen más que misiles de papel comprimido.

Es la sensación de que no hay más literatura en los libros del nuevo milenio.

De estas impresiones hablaré en otra oportunidad; regresemos al ‘hábito masturbatorio’. (No crean que el término es de mi agrado, pero he de respetar la línea argumental de los pensamientos que deseo transmitir.)

No se puede leer de a dos o de a tres. Es una ciencia complicada. El placer de leer es tan personal que, sencillamente, no se lo puede transmitir sino antes o después de la lectura. Un buen lector no puede interactuar con el mundo en la duración del ‘durante’. Aunque he visto jóvenes clavados en los asientos de los colectivos, blandiendo heroicamente un libro de bolsillo entre los dedos, no hay mayor grado de comodidad en la temporalidad de una novela que en la cama o en el sillón.

La lectura, en este sentido, reúne las condiciones de un secreto: única, secreta, cómoda, personal, silenciosa, solitaria, tranquila y placentera. Así es como debe ser y así es como será en todas las generaciones de escrutadores de historias de tinta que honren a las sagradas divinidades del arte que cierran la puerta de su habitación para hacerse…

Un tiempo para leer.

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