domingo, 13 de abril de 2014

Charlas inexorables

Mientras escribo esta nota, una chica y un chico urden una conversación interesante detrás de mis oídos. Es sábado. Estoy en el tren. Bosquejo este microtexto entre las estaciones de Ituzaingó y San Antonio de Padua. Epistemología, Julio Verne, antropología, Josef Mengele, modernidad, El Principito, inquietudes sociales, recursos naturales, Efecto Mariposa, consecuencialismo, alquimista, pólvora. Las bocas misteriosas nombran todos estos temas. Mi corazón se llena de regocijo secreto e interés. Anticipo al lector la imposibilidad de explicar el origen de dicho gozo.

Mis anónimos interlocutores perpetúan una charla inexorable. Un episodio que no podré reproducir palabra por palabra. ¡Cuán traidora puede ser la memoria en la mente de los escritores!

Llego a mi destino. El ferrocarril disminuye la marcha. Me acerco a la puerta. Echo un último vistazo al interior del vagón. Sabiendo de antemano que me perderé en potenciales multitudes fugitivas, escapo de las sombras y defenestro unas escaleras.


Atravieso un túnel. Salgo a una plaza. Gente que corretea y espera colectivos. Sin lengua, sin habla. Sin nada interesante que opinar. Una masa inmunda y vacía de pensamiento. Veo a mi hermana en la vereda. Me encuentro con ella y me entrego a los placeres minimalistas del laberinto de la rutina.

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