jueves, 17 de abril de 2014

Garabatos académicos

Los apuntes en clase constituyen la columna vertebral del aprendizaje escolar. Un método clásico cuya eficacia se concentra en la praxis del estudiante. En mi efímera e incipiente trayectoria como alumno ignorante en la Facultad de Filosofía y Letras, doy fe de mi propia incapacidad, por no decir estupidez, para fijar esquemas cognitivos en el papel.

Dilucídenme, gloriosos lectores, reclinado en mi ominoso pupitre o recostado en el suelo (en las esporádicas temporadas de superpoblación en las aulas catacúmbicas); mientras el docente monologa, mi mente se deshace cual flor de aluminio en la tempestad de la calle.

En efecto, embellezco las páginas de mi cuaderno con monstruos inconscientes, pedazos de pesadillas no nacidas y lemas clandestinos. Un ojo, un gato, una flor, neologismo, un nombre propio, un verso sin sentido, una cruz, una espada, un círculo. Un idioma inventado, un garabato académico. Me desconecto de la realidad, me reconecto cuando vislumbro en las corpulentas disertaciones del profesor algún dato valioso para la resolución del futuro parcial, improviso una anotación rápida, regreso al mundo de los sueños.

Compruebo el placer de soñar con los ojos abiertos; la juventud revolucionaria que fuma en los pasillos y preconiza el odio al capitalismo se retuerce en su pragmática dimensión. Vayan en pos de sus ideales tangibles. Conviértanse en licenciados,  profesores, seminaristas, guerrilleros… ¡Qué me importa! Si el mundo es una sandía de tierra atravesada por laberintos de hormigas humanas, ¿cambian los hechos? Mando al diablo los morfemas y las críticas a Borges, camino por pasillos de muerte y accedo a mis universos de tinta; es allí donde los licántropos, los románticos y los sonetos aplauden mi llegada a la estación de los sueños.


Dejaré que el tiempo queme mis apuntes y que las aguas de la inspiración golpeen las patas de la silla en la que me acomodo para escribir este deleitable artículo que no cosechará más que una risa eventual en mi desafortunado lector.

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