jueves, 10 de abril de 2014

Semillas de papel

Es recomendable, ante una súbita ocurrencia creativa, anotarla en un papelillo o en una nota de teléfono celular. Me he apropiado del segundo método. Más de una vez se me ha escapado un buen argumento para un microcuento o poema. En la sección de ‘Borradores’ del móvil cosecho un jardín de historias olvidadas que casi ignoré que existían.

Los escritores son acumuladores de palabras. Entierran el material primigenio en los rincones más insospechados de la casa. Los escondites suelen ser tan evidentes que, sencillamente, es fácil obviar la caja de zapatos bajo la cama, el tercer cajón del escritorio o la carpeta del disco rígido de la computadora con la leyenda ‘Archivos pendientes’ llena de relatos marginados.

Hay quienes sienten rechazo por sus propias obras. Franz Kafka solicitó a su mejor amigo que quemara todos sus manuscritos; Max Brod hizo todo lo contrario, y la literatura universal disfruta los párrafos de ‘La metamorfosis’ o ‘El proceso’ con dulce impunidad.

Si usted, lectora o lector, tiene cincuenta comienzos de novelas jamás completadas, no se angustie. Amontónelos en un rincón y siga escribiendo. Tengo la esperanza de que usted, tarde o temprano, será una celebridad exitosa del mundo literario. Si se esmera y comprende el valor de las semillas de papel, claro. En ese caso, no se olvide de este pobre parásito de tinta que vive de un empleo de medio pelo y alterna clases de gramática con largos viajes de colectivo.


Por favor, señores, alentemos a los futuros escritores de América Latina.

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