martes, 27 de mayo de 2014

Cuando estoy enamorado...

Me torno demasiado melancólico cuando me enamoro. Abusando de léxicos ajenos, me considero un ser excesivamente sensible. El más leve signo de rechazo o imposibilidad de amor me destroza el día. El hombre es dueño de un solo día a la vez; si se lo arruinan, se pone a llorar en las sombras.

Entonces, cuando la flecha del cruel Cupido me atraviesa la boca, incurro en pequeñas locuras. Por ejemplo, llorar en el interior de un colectivo mientras escucho una triste canción a través de los auriculares. Por ejemplo, observar cómo los bordes afilados de los rascacielos porteños perforan la belleza del cielo gris. Por ejemplo, buscar consuelo en las bromas de mi hermana o en las vacías conversaciones de los personajes de mi rutina.

E incurro, como casi siempre me pasa, en la natural superstición de que nada tiene sentido si no dedico mis mejores poesías a una mujer a quien amar. Me muerdo los labios para no maldecir a mi Creador por no haberme ofrecido a tiempo un ser digno de mis adoraciones. Como el monstruo de Frankenstein, aspiro a percibir cariño ajeno. Evoco la novela de Mary Shelley; temo, también, que el final de la bestia coincida con mi destino.

Estrangulo mis sentidos con poesía. Calzo sonrisas con la facilidad de los hipócritas. Disuelvo mis lágrimas en la tinta. Busco la rama de un árbol mientras mis piernas se hunden en el lodo cenagoso de los sentimientos prohibidos.

¡Maldigo esta lóbrega noche a los hacedores de románticas ficciones! ¿Por qué desdibujan al Amor como un gentil resplandor que ilumina el corazón de los seres humanos, cuando en realidad es un cuchillo que te raja la garganta de los sueños hasta dejarte sin aliento para inundar tus pulmones con pesadillas?


Y es allí cuando descubro, una vez más, que estoy enamorado…

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