jueves, 22 de mayo de 2014

El intruso

Coqui se sube a la cama y me aplasta los pies. Inclina su cuerpo contra mis tobillos y duerme. Estiro la cabeza. El intruso se despereza, me mira y no se mueve.

Ignoro qué clase de esencia divina irradian los perros para enternecer el corazón humano. No me resisto a su presencia y le concedo el honor de dormir en mi lecho.

Después de todo, pequineses y argentinos son igual de perezosos.

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