miércoles, 14 de mayo de 2014

Ido

–Estás ido –sentención la encargada de la pizzería, después de señalarme con un tono relativamente moderado de voz que me había equivocado en dos o tres pedidos telefónicos, provocando tenebrosos reclamos que no vienen al caso mencionar aquí.

No respondí. Admití que tenía razón. Tras varias horas, decidí que me había gustado mucho el adjetivo que empleó para describirme como culpable de estas distracciones. Escribamos una definición juntos, ¿les parece?

Ido. Estar y no estar. Una contradicción posible. Todos los seres humanos han de tener en sus círculos sociales un individuo cuyo cuerpo está presente, pero cuya mente está perdida en un laberinto de abstracciones. Soñadores en la Luna, seres enfrascados en sus propios pensamientos. En las conversaciones pragmáticas esgrimen respuestas casi monosilábicas. Ah, sí, bien, chau. Yo soy así. Yo soy un ido. Y sé que no soy el único.

Solo almas excepcionales me arrancan del letargo. No soy antisocial en el sentido riguroso de la palabra, pero no suelo congeniar con adolescentes de mi edad o con otros seres. O hay química, o hay naturaleza muerta. Los diálogos argentinos de la cotidianeidad versan sobre política, fútbol, mujeres, trabajo, economía, televisión… En estas disciplinas soy un queso. Entonces, callo. Las realidades de las gentes corrientes no me comprometen. No por eso soy superior o inferior a mis interlocutores: más bien soy una isla separada del continente a la que una minoría puede acceder completamente.

Hay bocas que te conmueven, que te disparan dos o tres frases geniales a quemarropa y reconocés en ellas cierto grado de sapiencia inconsciente. Hermanos del destino con los cuales podés confiar secretos sobre filosofía, literatura, fantasía, e incluso intimidades de la vida misma. Me consideran un tipo simpático, y, sin embargo, no le abro mi corazón a todo el mundo. Soy un ‘ido’: camino por la calle dibujando mundos con las neuronas sin molestar a nadie. Soy una isla. El que quiera visitarme, es libre de hacerlo. No busco amigos continentales, de esos que se entregan a las resignaciones de la existencia, los que reducen la naturaleza humana en la frase ‘nacer, crecer, reproducirse y morir’.

De mis ínsulas no me muevo. Acomodo mis rodillas en las playas del alma, contemplando el horizonte de las horas y el crepúsculo de las cosas. Me acostumbro a no compartir mis opiniones con nadie, a no discutir y a no nadar contra la corriente.

De modo que es una sorpresa descubrir que hay espíritus que divagan a imagen y semejanza de mí mismo en las arenas de la playa. Y encuentro a otro ‘ido’, a otra ‘ida’, que tampoco tolera el sopor de la rutina. Y hablamos. Y reímos. Y arrojamos nuestro pan sobre las aguas. Y nos separamos. Y nos dejamos morir en el tiempo. Y dejamos que las islas choquen unas contra otras. Y se forman olas, corrientes, ríos, dunas, montañas, volcanes de pensamientos…

Y cuando me subo al colectivo, cuando atiendo el próximo pedido en el teléfono de la pizzería, cuando estoy al borde del sueño en la clase de Teoría Literaria, vuelvo. Y soy un ido otra vez.

Antes de salir de la pizzería, la encargada me advierte que debo estar más atento para la próxima vez. Salgo a la calle. Me olvido de la advertencia y me dejo vivir.

Colgado. Distraído. Despistado. Bobo. Ignorante. Olvidadizo. Tarado… Para la gente, todo eso debe representar la palabra ‘ido’. Quizá soy un poco de todo. O seré demasiado soñador. No sé. Ni me importa. Estoy en casa. Y, al mismo tiempo, camino a lo largo de mis playas reflexivas, dejando huellas en la arena que solo Dios ve, dejando legados que nadie heredará… Y pensando mundos que nadie, o casi nadie, volverá a visitar.

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